Vende todo lo que tiene y compra el campo

Domingo 26 de julio. Domingo XVII del Tiempo Ordinario.

Lectura del evangelio según san Mateo (13,44-52).

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo. El reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra. El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan, y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo mismo sucederá al final del tiempo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Entendéis bien todo esto?»
Ellos le contestaron: «Sí.»
Él les dijo: «Ya veis, un escriba que entiende del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo.»

REFLEXIÓN

LA ALEGRÍA DE UN ENCUENTRO 

“El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo…”. A esto asemeja Jesús el Reino de los cielos. A un “encuentro” lleno de sorpresa en la vida. Es como cuando te encuentras un “tesoro escondido”, como un don inesperado, que se nos muestra sin haberlo buscado. En el evangelio nos dice Jesús, que aquel agricultor que lo encuentra en el campo, “lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra aquel campo”. “Vender todo lo que tiene” nos recuerda a los primeros apóstoles que al encontrarse con Jesús, “dejándolo todo lo siguieron” (Mt 4,20.22). Pero también nos recuerda a aquel joven rico que se encuentra con Jesús y éste le pide que para seguirle “venda todo lo que tiene, se lo dé a los pobres, y le siga” y el joven no tuvo fuerzas para hacerlo, de modo que “se fue triste porque tenía muchos bienes” (Mt 19, 21-22).

¿Qué hace que aquel hombre que encuentra el tesoro “venda todo lo que tiene” para adquirirlo? ¿Cuál es la palabra clave para entender esta parábola? La alegría. “Por la alegría” que le da al encontrarlo, vende todo. “A causa de la alegría” del encuentro y del hallazgo. Es la alegría de encontrar el tesoro del Reino de los cielos lo que hace que todo lo demás, los bienes, no tenga valor con tal de alcanzarlo y tenerlo. Es la “alegría” del encuentro con Jesús lo que hace a los apóstoles dejar todo: barca, familia y casa, para irse con Jesús. No dicen con tristeza “tengo que dejar….”, sino que proclaman llenos de alegría “he encontrado un tesoro”. El joven rico no experimentó esa alegría y se fue triste.

«El reino de los cielos se parece también a un comerciante de perlas finas…”. En esta parábola lo novedoso es que este comerciante sí andaba buscando perlas y “al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra”. Es una “búsqueda” que queda superada cuando, por sorpresa, encuentras algo superior a lo que buscabas. Es de tan “gran valor” aquello que has encontrado que “vendes todo lo que tienes”. Y el comerciante da, entonces, un cambio a su vida. Es capaz de empeñar todos sus bienes, con tal de alcanzar la “perla de gran valor” que ha encontrado. Este encuentro exige una gran decisión en la vida, dejarlo todo para alcanzar aquella perla de gran valor. Así es el encuentro con Jesús y el Reino de los cielos: quien lo busca y lo encuentra empeña su vida ante aquel gran tesoro que ha encontrado y adquiere, por gracia, una fortuna mayor. Lo explica muy bien San Pablo cuando describe su encuentro con Jesús: “Por Cristo he sacrificado todas las cosas y todo lo tengo por basura con tal de ganar a Cristo” (Fil 3,8).

“El reino de los cielos se parece también a una red que echan al mar…”. De la misma manera que la cizaña crece junto al trigo, aquí se pescan peces buenos y malos, y cuando la red es llevada a tierra los buenos son recogidos en los cestos y los otros son tirados afuera. Esa es la práctica común de los pescadores. Pero la frase clave de la parábola es: “Lo mismo sucederá al final de los tiempos…”. Esta práctica de distinguir los hombres buenos de los malos no nos corresponde a nosotros, sino al Padre de los cielos y a sus ángeles. Si en el tiempo presente el Padre “hace salir el sol sobre buenos y malos” (Mt 5,45), porque es paciente y misericordioso y no quiere que nadie se condene y se pierda, ¿quiénes somos nosotros para erigirnos en jueces de los demás? Es el Padre quien hará el juicio de amor sobre todos, dependiendo del trato que hayamos dado a los más pequeños (Mt 25,31-46). Sólo él lo hará. Él separará el trigo de la cizaña y los malos de los buenos. Porque puede pasarnos que “en el último día muchos que se creían dentro se encontrarán fuera, mientras que muchos que se creían estar fuera se encontrarán dentro” (San Agustín).

El final de este discurso de Jesús termina con una pregunta: “¿entendéis bien todo esto?”. En las palabras y la vida de Jesús se conjuga de manera admirable “lo nuevo y lo antiguo”, nada de la sabiduría de Dios se pierde. A través de su enseñanza y de su vida aparece la novedad del Reino de los cielos, fundada en la eterna alianza del amor de Dios (“lo antiguo”), que se muestra plenamente en su Hijo (“lo nuevo”). Y lo hace de manera sencilla, con las palabras de la gente humilde: la siembra, las semillas, la levadura, la siega, la pesca… Todo nuevo y todo anclado en el corazón del Padre, eterna fidelidad. “Como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo”. “En Cristo se encierran todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia de Dios” (Col 2,3).

En nuestra evangelización hoy, especialmente en los más jóvenes, ¿cómo despertar la “alegría” del encuentro con Jesús que lleva a “vender” todo para tenerle solo a Él? Y en su “búsqueda”, la de los jóvenes, ¿cómo hacer que se encuentren la “perla de gran valor” que es Jesús y se dejen sorprender por él? La fe viene de un encuentro de alegría con Aquel que puede cambiar nuestra vida.

Sabiendo usar los bienes pasajeros con sabiduría nos adherimos ya a los eternos. Las cuatro parábolas de hoy Jesús las dirige a todos los que han comprendido la parábola del sembrador y especialmente a sus discípulos, y señalan tres aspectos muy importantes del Reino de Dios ante los cuales el discípulo debe saber responder: 1. Que el reino es lo más valioso y lo más hermoso. 2. Que el reino es de Dios, y él será quien recoja todo al final. El discípulo debe huir de toda tentación de purismo y exclusivismo que descarte a los demás. 3. El discípulo tiene que saber enseñar a los otros con lo viejo y lo nuevo, como hace un buen padre de familia, sin tensiones, con paciencia.

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