Soy manso y humilde de corazón

Domingo 5 de julio. Domingo XIV del Tiempo Ordinario.

Lectura del evangelio según san Mateo (11,25-30).

En aquel tiempo, exclamó Jesús: «Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.»

REFLEXIÓN

Aprender de los sencillos

Jesús no tuvo problemas con las gentes sencillas del pueblo. Sabía que le entendían. Lo que le preocupaba era si algún día llegarían a captar su mensaje los grandes maestros de Israel. Cada día era más evidente: lo que al pueblo sencillo le llenaba de alegría, a ellos los dejaba indiferentes.

Aquellos campesinos que vivían defendiéndose del hambre le entendían muy bien: Dios los quería ver felices, sin hambre ni opresores. Los enfermos se fiaban de él y, animados por su fe, volvían a creer en el Dios de la vida. Las mujeres que se atrevían a salir de su casa para escucharle intuían que Dios tenía que amar como decía Jesús: con entrañas de madre. La gente sencilla del pueblo sintonizaba con él. El Dios que les anunciaba era el que anhelaban y necesitaban.

La actitud de los «entendidos» era diferente. Caifás y los sacerdotes de Jerusalén lo veían como un peligro. Los maestros de la ley no entendían que se preocupara tanto del sufrimiento de la gente y se olvidara de las exigencias de la religión. Por eso, entre los seguidores más cercanos de Jesús no hubo sacerdotes, escribas o maestros de la ley.

Un día, Jesús descubrió a todos lo que sentía en su corazón. Lleno de alegría le rezó así a Dios: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla».

Siempre es igual. La mirada de la gente sencilla es, de ordinario, más limpia. No hay en su corazón tanto interés torcido. Van a lo esencial. Saben lo que es sufrir, sentirse mal y vivir sin seguridad. Son los primeros que entienden el evangelio.

Esta gente sencilla es lo mejor que tenemos en la Iglesia. De ellos tenemos que aprender todos. A ellos les descubre Dios algo que a nosotros se nos escapa. A veces tenemos el riesgo de racionalizar, teorizar y «complicar» demasiado la fe. En estos tiempos difíciles que seguimos viviendo no son ofrendas y holocaustos a Dios lo que el hermano o la hermana que sufre necesita, sino que cada uno de nosotros, discípulos de Jesús escuchemos su Palabra, imitemos su conducta y seamos consuelo, esperanza, reconciliación… cada día y con quien lo necesite.

Vivir la santa alegría sintiéndonos liberados de la esclavitud del pecado por nuestro rey. Este rey pacífico, justo y misericordioso es nuestro Jesús, pues la primera lectura y el salmo nos preparan para escuchar las palabras que Jesús nos dice en el evangelio. Un sabio y entendido como San Agustín encontró en estas palabras el modo de leer la Biblia con sentido, lo descubrió haciéndose pequeño y acabó encontrando a Cristo en toda la Escritura. Lo que a San Agustín le llevó a comprender el estilo bíblico, algo que no ocurrió en un primer momento a pesar de toda su formación retórica, fue la sencillez del discurso, o la manera de decir las cosas sublimes con el estilo de los humildes, algo que no entraba dentro de los cánones establecidos en la cultura clásica. Se cumplían las palabras de Jesús.

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