Salió el sembrador a sembrar

Domingo 12 de julio. Domingo XV del Tiempo Ordinario.

Lectura del evangelio según san Mateo (13,1-23).

Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla.
Les habló mucho rato en parábolas: «Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y, como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga.»

REFLEXIÓN

La Palabra de Dios, semilla que engendra

Las lecturas muestran el poder vivificador de la palabra de Dios, así como su anuncio y acogida. El texto de Isaías es un bello canto a la eficacia y fecundidad de la palabra de Dios. Se la compara con el agua (lluvia, nieve) signo de vida. Esta palabra que sale de la boca de Dios y cumple su voluntad se corresponde con el mensaje proclamado por los profetas, especialmente por el profeta del destierro que llenó de vida y esperanza al pueblo sumido en una profunda crisis de fe.

Esta cadena de mensajeros tiene su plenitud en Jesucristo, Palabra encarnada del Padre. En el evangelio se presenta como maestro (sentado) enseñando a la multitud por medio de parábolas. Con esta sencilla pedagogía sus discípulos pueden conocer los secretos del Reino, pero los que tienen cerrado su mente y su corazón para acoger el evangelio quedan excluidos del mismo. Jesús asemeja el mensaje del Reino que proclama a la semilla sembrada por el sembrador, que a pesar de encontrar obstáculos produce fruto desmesurado. La explicación a los discípulos escenifica cuatro modos (terrenos) de acoger esta palabra. Los tres primeros señalan los peligros que hacen estéril la semilla del Reino. La clave para dar fruto está en entender la palabra, en la constancia y perseverancia, en no quedar atrapado por la mundanidad y las riquezas. El que la acoge y la lleva a la vida da fruto abundante según su capacidad.

Después de su resurrección, el mismo Jesús se convierte en el evangelio predicado (sembrado) por sus discípulos que hace germinar la vida nueva. Un proceso que pasa por muchas dificultades, pero como afirma Pablo, los sufrimientos presentes no tienen comparación con la gloria que aguardamos. La misma creación participa de esta espera anhelando la gloria futura de los hijos de Dios.

  1. ¿Qué lugar ocupa la escucha de la Palabra en tu vida?
  1. ¿Cuál de los cuatro terrenos de la parábola predomina en ti? ¿Qué deberías cambiar para ser tierra buena?
  1. ¿Dónde siembras el mensaje del evangelio? ¿Cómo superas las dificultades de la vida cristiana?
Dios muestra la luz de su verdad a través de su palabra y nosotros estamos llamados a acogerla y a dejar que fructifique. Jesús responde a una pregunta que está latente entre los discípulos que le acompañan: ¿por qué no todos aceptan la enseñanza que Jesús proclama? Les enseña con una parábola campesina, la del sembrador que tira mucha semilla, no solo en la tierra buena y labrada sino también en los márgenes y entre piedras y abrojos. Toda tierra puede ser aprovechada. Esta es la misión de quien siembra, dice Jesús a sus discípulos, tirar la semilla con generosidad, y confiando en Dios que es quien hace fructificar. La semilla del reino es una semilla de amor, de justicia y de paz, y es una semilla que no es nuestra.

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