Llamó a sus doce discípulos y los envió

Domingo 14 de junio. Domingo XI del Tiempo Ordinario.

Lectura del evangelio según san Mateo (9,36–10,8).

En aquel tiempo, al ver Jesús a las gentes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor.
Entonces dijo a sus discípulos: «La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies.»
Y llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia. Éstos son los nombres de los doce apóstoles: el primero, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el Zebedeo, y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo, el publicano; Santiago el Alfeo, y Tadeo; Simón el Celote, y Judás Iscariote, el que lo entregó.
A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: «No vayáis a tierra de gentiles, ni entréis en las ciudades de Samaría, sino id a las ovejas descarriadas de Israel. Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis.»

 

REFLEXIÓN

Llamó a sus doce discípulos y los envió

Mateo muestra cuál es la raíz y el fundamento de la misión. Esta tiene su origen en la mirada de Jesús. No se trata de una observación neutra. Él capta lo que otros no ven. Las multitudes son visibles para todos, pero Jesús percibe su verdadera condición: aparecen agotadas y heridas por el estado en el que viven. Esta se expresa con la metáfora de las “ovejas sin pastor” que indica abandono, carencia de guía espiritual, desorientación religiosa, pero que alude también a la fragilidad y vulnerabilidad humana en sentido amplio. La imagen no describe simplemente a un grupo de individuos desorientados, sino al pueblo de Israel en su conjunto. Desde esta perspectiva, la mirada de Jesús no es solamente humana; es la manifestación de la mirada compasiva de Dios sobre Israel que se despliega en tres tiempos. En primer lugar, ve: “He visto la aflicción de mi pueblo” (Ex 3,7). La visión genera compasión: “Mi corazón se conmueve dentro de mí” (Os 11,8), y la compasión le mueve a actuar: “He bajado para librarlo” (Ex 3,8).

En Ex 19,4, la imagen de las alas de águila que acompaña, protege y sostiene a las crías cuando todavía no pueden valerse por sí mismas, expresa la acción de Dios que transporta a Israel desde una situación indefensa hacia la libertad y la comunión con Él. La iniciativa es completamente divina. Israel no se salva a sí mismo, sino que es llevado. En este sentido, Jesús posee una mirada mesiánica porque contempla la realidad desde la perspectiva divina, y actúa como el Dios de Israel con la invitación: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados” (Mt 11,28). Como el Dios del Éxodo que toma sobre sí la debilidad de su pueblo, Jesús se presenta como el lugar de descanso y amparo para quienes se encuentran agotados. Asume así la función propia de la sabiduría divina: no solo enseña el camino, sino que ofrece personalmente el descanso que Dios prometía a su pueblo (Jer 6,16).

El apóstol capta esto perfectamente. Cuando habla de la debilidad (Rom 5,6) no se refiere a una fragilidad física, sino a la incapacidad del ser humano para salvarse a sí mismo a causa del pecado. En la teología paulina, la debilidad expresa la condición de una humanidad agotada bajo el poder del pecado y de la muerte. Para Pablo, la muerte redentora de Cristo constituye la forma suprema de la acción salvadora que no abandona al hombre en su cansancio, sino que carga con él y le comunica el auténtico descanso, la vida nueva. El discípulo es enviado a mirar como mira Jesús. Quien ha experimentado la misericordia de Dios en su propia debilidad queda llamado a prolongarla entre los demás. La misión nace de la memoria agradecida de haber sido sostenido por Dios cuando uno mismo estaba cansado, agobiado y necesitado de salvación.

Dios quiere hacer de la humanidad un solo pueblo unido en lo fundamental: la dignidad de ser sus hijos. Por eso Jesús siente compasión ante las muchedumbres que estaban extenuadas y abandonadas. Dice «muchedumbres», en plural, pues son varias. Y a estas muchedumbres va a enviar Jesús a sus doce apóstoles. Pero antes de enviarles, después de haberles elegido y llamado, les pide que rueguen al dueño de la mies, es decir, que oren a Dios Padre que envíe trabajadores. La oración a Dios está antes de la misión, pues esta misión no va a depender de ellos, sino que será obra de Él. Jesús enseña siempre que la oración constante está antes, pues la misión que Jesús encarga no es una misión humana en primer lugar, es la misión de Dios entre nosotros. Este será el principio y fundamento de la Iglesia.

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