Domingo 10 de mayo de 2026. Domingo VI de Pascua.
Lectura del santo evangelio según san Juan (14,15-21).
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque. no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros. No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él».
REFLEXIÓN
Le pediré al Padre que os dé otro Paráclito
En este momento de la historia de la salvación, el Espíritu Santo actúa incesantemente, generando vida y creando comunidades que encarnan el Evangelio de Dios. Las tres lecturas de este domingo hablan de la tercera persona divina.
En el Evangelio, ambientado en el discurso de despedida de Jesús antes de morir, el Maestro hace una promesa a sus discípulos. Él va a pedir a su Padre el don más necesario para ellos: el Espíritu de la verdad, que actuará como “paráclito”, es decir, como abogado defensor de los discípulos (Jn 15,26-27); el representante de Jesucristo que permanecerá con ellos (Jn 14,16-17) y les recordará todo (Jn 14,26) cuando él ya no esté. El cuarto evangelio insiste en la conexión entre el pasado del Jesús histórico y el presente de la Iglesia después de la pascua: el Espíritu que han recibido los discípulos y que mora en ellos hace posible que las palabras y obras de Jesús sigan siendo contemporáneas.
En la primera lectura, el libro de los Hechos narra la primera evangelización de Samaría, realizada por el diácono Felipe. Su misión fue confirmada por los apóstoles Pedro y Juan que oraron e impusieron las manos a los nuevos convertidos para que recibieran el Espíritu Santo.
En la segunda lectura, la Primera Carta de Pedro exhorta a los creyentes a dar razón de su esperanza y a adoptar las mismas actitudes que Jesús, aunque parezcan imposibles; es decir, aceptar el sufrimiento injusto por amor a él. Esto es posible porque el sufrimiento no tiene la última palabra, sino el Espíritu de vida, ya que “Cristo fue muerto en la carne, pero vivificado en el Espíritu”.
En resumen, el Espíritu hace posible que no se rompa el vínculo de unión entre Jesús, los apóstoles y los discípulos de las generaciones posteriores hasta nuestros días. Además, el Espíritu hace posible el testimonio de la fe, incluso en medio del sufrimiento y ante la perspectiva de la muerte, porque es el Espíritu de vida que vivificó a Jesús y nos dará nueva vida con él. En los últimos compases de la pascua, deseemos el don de Pentecostés.
Los discípulos hacían los mismos signos que hacía Jesús: curaban, expulsaban demonios y llevaban la alegría a la gente; es lo que hace el diácono Felipe entre los marginados y despreciados samaritanos. Junto con estos signos los primeros cristianos buscaban dar razón y testimonio de su fe con buena conciencia y mansedumbre, imitando así a Cristo. Manifestaban en las obras lo que repasaban en el recuerdo. Y todo esto era posible gracias al Espíritu prometido por Jesús. Que la contemplación de esta verdad nos llene de alegría y paz, para que vivamos el amor de Dios en nuestras vidas. Este es el trabajo que tenemos que dejar hacer al Espíritu Defensor.




