Hablaba del templo de su cuerpo

Domingo 9 de noviembre de 2025. XXXII del Tiempo ordinario. Fiesta de la Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán.

Lectura del evangelio según san Juan (2,13-22).

Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén.
Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: «Quitad esto de aquí; no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre.»
Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: «El celo de tu casa me devora.»
Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron: «¿Qué signos nos muestras para obrar así?»
Jesús contestó: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.»
Los judíos replicaron: «Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?»
Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y, cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús.

REFLEXIÓN

 

I.- El presente domingo coincide con una fiesta litúrgica que se celebra anualmente en el mundo católico.
La razón está en que se hace memoria de la consagración de la primera basílica que se consagró en Roma y se dedicó a Cristo Salvador.
Fue el emperador romano Constantino quien, por una parte, otorgó libertad de manifestación de su fe a los cristianos y, por otra, construyó una iglesia en terrenos de su propio palacio.
Es la catedral de Roma y en ella se han celebrado cinco concilios ecuménicos, es decir, universales.
Es, por tanto, la iglesia cabeza de todas las demás iglesias dedicadas, en definitiva, al Salvador de la humanidad.

II.- En este día, la Palabra de Dios se detiene para ofrecer una reflexión sobre el alcance que tiene la palabra «templo».
Es claro que se refiere, en primer lugar, a un edificio destinado al culto de cualquier religión, como las pagodas o mezquitas.
Para los cristianos se utilizan varios nombres, como santuario, iglesia, catedral, basílica o colegiata.
En todo caso un espacio que invita y favorece la meditación, la celebración litúrgica, la escucha desde la interioridad, la manifestación de los sentimientos por medio de la oración y el canto; todo ello en un ambiente de comunidad que expresa, confiesa y crece en la fe.

Se trata de edificios muy cuidados bajo el punto de vista arquitectónico, desde estilos diferentes, acústica adecuada, ornamentación que favorece el fin para el que han sido construidos. Pero la Palabra de Dios por medio del profeta Ezequiel (47, 1-12) profundiza en el sentido de poner de relieve aquello que fluye desde templo.

1.- Utiliza, en concreto, la imagen del «agua» que mana de la parte más sagrada del edificio dedicado a la divinidad. De manera visible, surte desde las entrañas de la tierra, corre por la superficie, forma ríos que reparten vida entre las plantas, animales y vegetales; oxigena otras aguas y así las vivifica.
Donde llega la corriente hay vida en abundancia.

2.- La imagen del agua sirve para clarificar la eficacia que tiene la gracia divina, tanto en los individuos, como en las asambleas.
Se recibe vida desde el templo.
Los dones, la energía o savia que Dios hace surgir de sí mismo, se proyecta en el hombre, estimula conciencias, hace desaparecer sequías, estimula el crecimiento hacia lo bueno, contagia alegría y serenidad en el discurrir por la presente peregrinación, crea un buen clima en las conciencias, sanea ambientes, da vigor para producir frutos perdurables que poseen virtudes medicinales.

3.- San Pablo, por su parte, escribiendo a los cristianos de Corinto en Grecia (I Cor 3, 9-17) recuerda una realidad cargada de eficacia para toda la vida: por el Bautismo «el misterio de Dios habita en nosotros» y nos convierte en verdaderos templos que han de perfeccionarse mediante una colaboración por nuestra parte. Ante semejante consideración, el Apóstol exhorta con estas palabras: «Mire cada uno cómo construye… porque el templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros».

4.- Un paso más da el evangelista san Juan (Jn 2, 13-22). Recuerda, por una parte todo templo está dedicado a Dios y se ha de tratar con exquisito esmero, porque es la casa de nuestro Padre y no puede transformarse en un mercado.
Además, trasmite palabras concretas de Jesús: «Destruid este templo y en tres días lo reedificaré». El Maestro hablaba del «templo de su cuerpo».

La naturaleza humana de Jesús, unida a la divinidad, es «el templo por antonomasia». En él los fieles seguidores de sus huellas se introducen ya en este mundo y se alargará abriendo sus puertas a la glorificación y resurrección de innumerables beneficiarios de la gracia.

No tenemos ciudad permanente ni templo construido por manos humanas que nos aten a este mundo. Construimos en primer lugar un edificio espiritual capaz de albergar a los que nos sentimos peregrinos guiados por el esplendor de la verdad. Antes que construir un templo somos templo para albergar al Espíritu Santo, el don de la consumación. Este es el principio y el fundamento de la arquitectura espiritual cristiana, y nuestros templos de piedra dedicados tienen que manifestarlo.

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