Fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios

Domingo 12 de mayo de 2024. Domingo Solemnidad de la Ascensión del Señor.

Conclusión del evangelio según san Marcos (16,15-20).

En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once y les dijo: «ld al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en m¡ nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos.»
Después de hablarles, el Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos se fueron a pregonar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban.

REFLEXIÓN

PREGUSTAR EL CIELO

Celebramos hoy una solemnidad que desde una fe madura y profunda, podemos intuir que esta de la Ascensión del Señor trata de una experiencia que trasciende la historia. Es una experiencia interior de fe que nos hace conscientes de que el cielo y la tierra, la condición divina y humana, como expresa el pregón Pascual, quedan conectadas para siempre.

Además, esta narración nos habla de un nuevo nacimiento de Jesús. Termina el tiempo del Maestro de la historia y nace el tiempo del Cristo de la fe. La misión de Jesús ha terminado en este mundo. Sus discípulos son enviados a continuar lo que él ha iniciado. Delega en cada creyente el compromiso de hacer realidad los grandes ejes de su mensaje y del reinado de Dios.

No solo aparece un tiempo nuevo sino también un espacio nuevo que rompe definitivamente con las esperanzas mesiánicas de Israel. Ahora, el escenario de la revelación de Dios no es solo para el judaísmo, sino que ensancha este espacio para ser universalizado. Un espacio para toda la humanidad que queda atravesada por esta realidad divina naciendo a su verdadera naturaleza.

Ahora bien, este movimiento de ascenso, totalmente metafórico, necesita completarse con otro movimiento de descenso a la realidad que a cada uno nos toca vivir. De hecho, esta experiencia de unidad con la realidad divina tiene unas consecuencias éticas de mucho calado como bien indica el texto.  Tras esta experiencia los discípulos salieron a todas partes a anunciar el mensaje, pero no solo de palabra. Esta experiencia en la que el espíritu de Jesús mueve profundamente al ser humano, es liberadora y lleva a un cambio de visión de la vida, de intervención en la historia y, en definitiva, a una transformación de la misma existencia.

Y para no correr este peligro de inacción, el texto refleja las mismas palabras de Jesús haciendo referencia a una serie de señales, de signos, que se convierten en claros indicadores de que vivimos conectados a este movimiento de ascensión de la humanidad a la divinidad. Estos signos expresan formas concretas de vivir, visibilizando el impacto de esta experiencia. Podríamos agruparlos en tres grandes signos necesarios para que el Reinado de Dios se arraigue en nuestra historia: un nuevo lenguaje, una actitud de osadía y unas relaciones humanas basadas en la sanación y liberación.

El primer grupo de signos es una invitación a avanzar como creyentes y buscar un nuevo lenguaje que sirva para comunicar, que ayude a comprender lo que se quiere anunciar, un lenguaje que no tenga miedo a las preguntas de las nuevas generaciones, a las diferentes maneras de vivir, a la libertad de cada ser humano; un lenguaje que nos conecte con la actualidad y con los nuevos signos de los tiempos.

El segundo grupo de signos nos impulsa a crecer en osadía, en una actitud valiente y determinada para mostrar lo esencial del evangelio, denunciar aquello que adormece y se entromete en las conciencias, denunciar todo lo que debilita y como creyentes.

Y, por último, los signos que revelan relaciones liberadoras y sanadoras, relaciones que respeten la dignidad de cada ser, relaciones que transforman tiempos y espacios para integrar lo diferente y escuchar el clamor de la vulnerabilidad humana que necesita ser liberada y sanada.

Ojalá seamos ese discipulado que sale por todas partes a anunciar el mensaje, que se deja ayudar por el Espíritu de Jesús para ser señales milagrosas en nuestro mundo.

Jesús resucitado asciende a los cielos en presencia de los apóstoles, y nos promete que permanecerá siempre con nosotros a través del Espíritu para que algún día merezcamos vivir con él en el cielo. Él es nuestra esperanza y nuestra riqueza en medio de su Iglesia de la que es cabeza. Estamos en el mundo, pero no pertenecemos al mundo. La ascensión de Jesús es ya nuestra victoria y nos hace elevar nuestros ojos al cielo manteniendo los pies en la tierra. Y para mantenernos así queremos seguirlo en su reino sintiéndonos enviados a dar testimonio de esta verdad que vivimos.

 

 

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