Era tentado por Satanás, y los ángeles lo servían

Domingo 18 de Febrero de 2024. Domingo I de Cuaresma

Lectura del santo evangelio según san Marcos (1,12-15).

En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre alimañas, y los ángeles le servían. Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios.
Decía: «Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio.»

REFLEXIÓN

UN BUEN EMPUJÓN

“En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto…”

Verdaderamente suena muy fuerte el verbo “empujar” refiriéndose a la acción del Espíritu hacia Jesús. Empujar a alguien implica cierta violencia: no se respeta lo que está haciendo, no se tiene en cuenta su elección, su forma de actuar.

Subir al monte a orar en la soledad de la noche es una cosa, pero adentrarse en el desierto por cuarenta días (esa cifra tan presente en momentos claves a lo largo de toda la Biblia) a enfrentarse con lo que vivía por dentro y lo que se complicaba en el camino que tenía por delante, debió ser complejo.

El Espíritu a veces susurra, otros empuja. Aquí se impuso un buen empujón, amoroso pero contundente. Había que prepararse para el combate en el mundo venciendo las tres conocidas tentaciones, tan comunes en el ser humano: apego a las cosas materiales, poner a prueba a Dios y las ansias de poder.

Se inicia la Cuaresma. Otra vez el número cuarenta nos sirve de referencia de preparación, entrenamiento y discernimiento en el desierto de cada día.

¿Qué le pido al Espíritu? Un buen empujón, como el de Jesús, para adentrarme en el desierto estos cuarenta días. Me refiero al desierto interior, ese que todos llevamos dentro y que tantas veces dejamos de lado o rodeamos para no aclarar cómo va nuestra vida interior.

Decía Thomas Merton*: “El verdadero desierto es esto: enfrentarse a las limitaciones reales de la existencia y el conocimiento de uno y no intentar manipularlas ni disfrazarlas”. Merton se hace también una pregunta más directa: “¿Qué es mi desierto? Su nombre es ‘compasión’. No hay desierto más terrible, más hermoso, más árido y fructífero que el desierto de la compasión. Es el único desierto que florecerá verdaderamente como el lirio. Se convertirá en un lago, brotará y florecerá y se regocijará con alegría. Es en el desierto de la compasión donde la tierra sedienta se convierte en manantiales de agua, donde el pobre posee todas las cosas”.

Cuando Jesús dejó el desierto tras los cuarenta días “se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios”, lo que me hace pensar que su corazón compasivo, lleno de todas las gentes que se le habían acercado por los caminos, le impulsó a expandir el mensaje de conversión y de creer en el Evangelio. En definitiva, continuar su Misión.

El mensaje sigue estando de total actualidad en nuestro tiempo, así que habrá que ir compartiendo cuando salgamos del desierto interior tras la puesta a punto de la Cuaresma.

Las lecturas nos hablan de la alianza o pacto que Dios siempre nos ofrece, desde los primeros momentos de la humanidad hasta que vino Jesús. Dios quiere siempre salvarnos, y con Jesús esta salvación ha llegado para siempre porque él es como nosotros, igual en todo menos en el pecado, y nos unimos a Jesús a través de nuestro bautismo. Progresar en el conocimiento del misterio de Cristo es querer caminar por las sendas del Señor con una conducta digna.
Estas sendas pasan por el desierto de la renuncia, del silencio, de la oración. Es el desierto del abandono en Dios, de que no solo de pan vivimos, sino de toda palabra que sale de su boca.

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