Dios envió a su Hijo para que el mundo se salve por él

Domingo 31 de mayo. Solemnidad de la Santísima Trinidad.

Lectura del evangelio según san Juan (3,16-18).

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

 

REFLEXIÓN

Celebramos hoy la Solemnidad de la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo, misterio de Dios que es comunión perfecta de tres Personas distintas en una misma naturaleza divina, que nos ama por encima de nuestra debilidad humana.

Nuestra vida está rodeada de signos visibles del amor del Padre, la creación con el esplendor de sus múltiples dones, la vida, valor absoluto que se nos concede, los talentos puestos al servicio de nuestros hermanos, pero el mayor de todos es Cristo, segunda Persona de la Trinidad, que encarna el amor “que sobrepasa el conocimiento para que seamos llenos hasta la medida de toda la plenitud de Dios” (Ef 3,19).

Con la Solemnidad de la Santísima Trinidad hoy reconocemos el amor de Dios, que envió a su hijo a redimir al mundo, no a juzgarlo, para que se salve recuperando la suprema gracia del cielo, al que nos acercamos en la misma medida en que nos acercamos a Jesús entrando en comunión con Él y haciendo prójimo al más próximo. Ejercitemos esa comunión creyendo en Jesús, que sana y salva; profundizando con la oración y la interiorización de esta Verdad fundamental en el Espíritu, que ilumina y transfigura.

La Biblia narra el misterio del amor de Dios: un amor que es comunión, y que se manifiesta a través de las tres divinas personas. La sabiduría de Dios desde el principio es imagen del Verbo, nacido del Padre antes de todos los siglos. Y este Verbo, o Palabra de Dios que actúa, se hace hombre, y es Jesucristo, nuestro hermano mayor que nos lleva hasta Dios a través del amor derramado en nuestros corazones: el Espíritu Santo. Este Espíritu que nos guía procede del Padre y del Hijo y es igualmente Dios, y a través de la fe y de la vida sacramental nos introduce en la comunión de amor que es la Trinidad divina. Contemplemos esta verdad sencilla de Dios en su Unidad de poder y grandeza: el misterio de Dios y su relación de amor con su pueblo y con todos nosotros.

 

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