Convertíos y creed en el Evangelio

Domingo 21 de Enero de 2024. Domingo III del Tiempo Ordinario.

Lectura del evangelio según san Marcos (1,14-20).

Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios.
Decía: «Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio.»
Pasando junto al lago de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que eran pescadores y estaban echando el copo en el lago.
Jesús les dijo: «Venid conmigo y os haré pescadores de hombres.»
Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Un poco más adelante vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. Los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon con él.

REFLEXIÓN

PONERNOS SIEMPRE DE PARTE DE LA VIDA

El Dios de Jesús se revela en la historia, no nos habla solo en la intimidad del corazón, sino también en la densidad de los acontecimientos históricos y las relaciones. No nos invita a buscarle en el vacío (Is 45, 15-25), sino que se nos da a conocer. El Evangelio de este domingo comienza con un acontecimiento que tuvo una importancia decisiva en la vida de Jesús: la detención de Juan Bautista, por causa de su profetismo incómodo y desconcertante. Hay coyunturas históricas que tienen la capacidad de movilizarnos y llevarnos a tomar decisiones significativas para nosotros mismos y para los demás, Así le sucedió también a Jesús. El evangelio de este domingo empieza refiriéndose a uno de estos hechos: “Cuando arrestaron a Juan”. Este acontecimiento moviliza a Jesús a un nuevo profetismo, un nuevo anuncio centrado no en los sacrificios ni en el ascetismo, sino en la buena noticia de la misericordia y el amor. Convertíos y creed en la Buena Noticia es el grito de su anuncio, que resuena en nosotras y nosotros también hoy.

En un mundo quebrado por las guerras y genocidios, el Evangelio nos recuerda que nuestra conversión pasa por ponernos siempre de parte de la vida, de la alegría, de todas las iniciativas que dan prioridad al cuidado de la vida y la dignidad de las personas por encima de leyes injustas y frente a otros intereses: llámense beneficios económicos, poder o seguridad de unos pocos a costa de las vidas de otros. El Evangelio es la Buena noticia del Amor, y el amor es siempre cuidadoso. El amor es lo más opuesto a la violencia, la intolerancia, la manipulación y la explotación de unos seres humanos sobre otros y sobre el planeta mismo. Por eso el anuncio de Jesús nos urge también a nosotros hoy a no instalarnos en el no hay nada que hacer, ni en el lamento estéril, sino a no cesar de poner en el centro de nuestras sociedades, de la economía, y de la iglesia misma, a las personas, especialmente a las más vulneradas, hasta que la vida sea una fiesta y no una pesadilla para nadie y hasta que todas las vidas importen.

El sueño de fraternidad humana que anuncia el evangelio no es una utopía abstracta, sino un sueño que se puede hacer realidad. Sus promesas se cumplen en la historia si dejamos que alcancen nuestro corazón y nuestro estilo de vida, como hizo Jesús y tantos hombres y mujeres testigos que nos han precedido y que quedaron seducidos y seducidas por su proyecto. Hombres y mujeres que nos revelan, desde la profundidad y la generosidad de sus vidas que es posible vivir de otra manera. Pero para ellos hemos de transformamos también internamente, dejar que el amor vaya convirtiendo nuestra sensibilidad y conduzca nuestra mirada hacia el reverso de la historia y quienes la transitan. Como Pedro, como Andrés, como Juan, como Magdalena, María de Nazaret, Juana de Cusa, María la de Santiago (Lc 8,1) y tantos otro y otras que nos han precedido, somos urgidos a despertar del sueño de la cruel inhumanidad, quebrar la indiferencia y ponernos de parte de la vida, la bondad, la sencillez, la hondura, la mesa común del Reino.

La historia del profeta Jonás nos dice que hasta el más pecador, el mayor enemigo, el que nos ha hecho daño, puede convertirse, y Dios siempre se compadece ante el arrepentimiento. Con el Salmo le pedimos a Dios que nos enseñe sus caminos de misericordia, y así oriente nuestros actos según su voluntad. San Pablo nos recuerda que para estar siempre en el camino de la conversión tenemos que comprender que este mundo se acabará, por eso no podemos apegarnos a él. El Evangelio que Jesús proclama y al que llama es una buena noticia que invita a la conversión, a volverse hacia el reino de Dios.

 

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