Domingo 2 de agosto. Domingo XVIII del Tiempo Ordinario.
Lectura del evangelio según san Mateo (14,13-21).
En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan, el Bautista, se marchó de allí en barca, a un sitio tranquilo y apartado. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Al desembarcar, vio Jesús el gentío, le dio lástima y curó a los enfermos. Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle: «Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer.»
Jesús les replicó: «No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer.»
Ellos le replicaron: «Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces.»
Les dijo: «Traédmelos.»
Mandó a la gente que se recostara en la hierba y, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.
REFLEXIÓN
Dadles vosotros de comer
Por ello, vivir la comunión con Cristo es otra cosa distinta a permanecer pasivos y ajenos a la vida cotidiana; por el contrario, nos introduce cada vez más en la relación con los hombres y las mujeres de nuestro tiempo, para ofrecerles la señal concreta de la misericordia y de la atención de Cristo. Jesús quiere llegar a todos, para llevar a todos el amor de Dios. Por eso convierte a cada creyente en servidor de la misericordia. Jesús ha visto a la muchedumbre, ha sentido compasión por ella y ha multiplicado los panes; así hace lo mismo con la Eucaristía. Y nosotros, creyentes que recibimos este pan eucarístico, estamos empujados por Jesús a llevar este servicio a los demás, con su misma compasión. Este es el camino.
La narración de la multiplicación de los panes y de los peces se concluye con la constatación de que todos se han saciado y con la recogida de los pedazos sobrantes. Cuando Jesús con su compasión y su amor nos da una gracia, nos perdona los pecados, nos abraza, nos ama, no hace las cosas a medias, sino completamente. Como ha ocurrido aquí: todos se han saciado.
Invoquemos al Señor, para que cada uno de nosotros pueda ser instrumento de comunión en la propia familia, en el trabajo, en la parroquia, una señal visible de la misericordia de Dios que no quiere dejar a nadie en soledad o con necesidad.
La bondad imperecedera de Dios, su misericordia, es una fuente de agua que siempre mana, y se manifiesta en el amor de Cristo, en su compasión por la multitud que le sigue. Y Jesús nos invita a compartir con él este sentimiento cuando les dice: «Dadles vosotros de comer». Un episodio muy conocido que encontramos en los cuatro evangelios, y en él se manifiestan los signos que preanuncian la eucaristía: toma el pan en sus manos, da gracias a Dios, lo parte y lo da a los discípulos para que lo distribuyan entre la gente. Contemplamos esta verdad que meditamos: la eucaristía es fuente de vida cuando tratamos de vivir lo que celebramos, un pan partido y repartido para la vida del mundo.




