Tiempo de misericordia: el poder sanador del perdón

EL PODER SANADOR DEL PERDÓN

Uno de los títulos más hermosos del Dios de la Biblia es el de “Dios de los perdones” (Neh 9, 17). No es un Dios vengativo y cruel, sino un Dios clemente y compasivo, lleno de amor y fiel, que mantiene su amor eternamente y perdona la iniquidad y el pecado (Ex 34, 6-7). Por muchas que sean las infidelidades del hombre o del pueblo, si reconocen su pecado y se convierten sinceramente, Dios perdona (Dn 9, 4-19; Sal 103, 1-14; Sab 11, 23-26) porque no quiere que el pecador perezca, sino que se convierta y viva (Ez 18, 21-23). Esta voluntad divina de perdonar siempre que el hombre se lo solicite sinceramente, se hace maravillosamente presente en Jesucristo en cuanto nos da a conocer la infinita capacidad perdonadora del Padre (Lc 15, 11-32), en cuanto él mismo perdona sin recortes ni limitaciones (Lc 5, 20-24; 7, 47-50; 23,34), en cuanto manda a sus discípulos que perdonen con total generosidad, y en cuanto concede a la iglesia el poder de perdonar.

imagesCon relativa frecuencia nos encontramos con personas que han vivido situaciones muy difíciles y complejas, que han dejado afectadas a personas que son de una misma familia o que han sido grandes amigos, y ese lazo que las unía, se ha roto muchas veces por mal entendidos o hechos simples que analizados con tranquilidad, no llevan a ninguna parte, o al menos carecen de la importancia suficiente, si las comparamos con todo lo que se pierde con ello. En más de una ocasión me he parado a reflexionar y a preguntarme, por qué nos cuesta tanto perdonar, por qué hay personas que son incapaces de perdonar, y qué sentido tiene “guardar” en nuestro interior ese resentimiento, dolor o recuerdo de cosas, en muchos casos pasadas hace mucho tiempo y que tanto daño pueden llegar a producir. Todos hemos podido darnos cuenta de la situación que viven estas personas, que se aferran a las ofensas que han sufrido, y que no les deja tener paz y sosiego.

No podemos olvidar que Dios nos perdona cada día y que el hombre, de alguna manera, está también obligado a perdonar. Perdonar nos permite ver la gloria de Dios, pues es el amor el que debe gobernar nuestro corazón; mientras que la falta de perdón o resentimiento nos conduce a la agresividad y a la amargura. El perdón no interroga, no tiene preguntas sobre el pasado, porque ese pasado ya no existe. No importa lo sucedido porque ya sucedió. Pero si es importante lo que hagamos en el presente porque eso determinará el futuro. Abre tu corazón al perdón, libérate de toda esa carga que te está pesando y no te deja avanzar. Hay que perdonar desde la comprensión amorosa, no para cambiar a los que me hicieron daño o justificar los hechos acontecidos. Es perdonar para ser feliz y recuperar la paz. Comprender que detrás de todo hecho por más doloroso y funesto que acontece siempre existe un significado profundo, que conviene leer desde la gracia y la misericordia.

El perdón evangélico, tal como Cristo lo vivió y lo proclamó, supera la simple comprensión que se compadece de la miseria del hombre. El mismo nos lo hace ver para que lo vivamos de manera consciente en cada uno de nuestros actos y así tengamos presente la necesidad de solicitar ese perdón por parte de aquellos a quienes hemos podido ofender: “Por tanto, si al llevar tu ofrenda al altar te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda delante del altar y vete antes a reconciliarte con tu hermano” (Mt. 5. 20-26). Para ser perdonado hay que tener presente el propio pecado y asumir la propia historia. Pero este recuerdo no puede estar al servicio de la culpabilidad, ni debe mantenernos en nuestras miserias, sino ayudarnos a vivir de cara a Dios con la gracia de su misericordia hecha vida en nuestra propia historia de mil maneras, porque Dios siempre está ahí para acogernos, perdonándonos y amándonos con su amor ilimitado, y esperando de nosotros que hagamos lo mismo con nuestros hermanos. Porque el Dios-misericordia, espera de nosotros, criaturas suyas idéntica actitud hacia nuestros semejantes. Dios prefiere la misericordia y el amor fraterno a todos los cultos, ofrendas, sacrificios. Y el verdadero ayuno grato a Dios es el que nos mueve a la misericordia para con los demás. Por todo ello, quizá la experiencia más rica sea probablemente haber pasado personalmente por la experiencia de la gratuidad del perdón de Cristo, porque no se puede perdonar verdaderamente como Cristo nos lo pide sin haber sido personalmente perdonado. Perdonado no de este o aquel pecado, sino de nuestra situación de miseria y pobreza en la que tantas veces caemos. Porque si el pecado es el amor herido, malgastado, rechazado, perdido, todas nuestras faltas son en definitiva contra Dios que es el verdadero AMOR. En realidad y si lo sopesamos, ninguna penitencia podría reparar este amor ofendido. El perdón no puede ser más que un misterio de gratuidad, que no nos coloca en actitud de dependencia, si no que ese perdón, fruto del amor gratuito, es una invitación a vivir, a crecer, a amar como él. El perdón es también una de las manifestaciones más fuertes de la salvación que Dios desea otorgar a los hombres desde el comienzo de la historia bíblica: ”su misericordia, de generación en generación… Ha socorrido a su siervo Israel, acordándose de su misericordia” (Lc 1, 50.54).

El perdón es una auténtica liberación, pero para ello debemos estar siempre dispuestos a dar el paso y acercarnos al hermano que nos ha hecho daño, de comenzar a amar primero a alguien que quizá no nos ama. Pues “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia”, nos dice san Pablo en una de sus cartas. Cuando Adán con su pecado, rompió su relación con el Creador, fue Dios el que dio el primer paso: “Adán…, dónde estás?”. “¡Dichosos los misericordiosos!”, dichosos, sí, los que saben perdonar. El perdón es considerado por Jesús como una bienaventuranza, porque nos permite participar ya en cierta medida del ser mismo de Dios. Con este gesto nos asemejamos un poco más a Él. Aquellos que viven alejados de Dios, se fijaran sobre todo en esto: en cómo nos amamos, porque también sabemos perdonarnos. Quien perdona se libera de un vínculo negativo, dando fin a una situación personal dolorosa y abriendo la posibilidad a ser perdonado. El perdón no justifica, pero tampoco debe juzgar, el perdón nos libera y nos abre al presente, y esto se da cuando perdonamos, nos perdonamos y perdonamos a los demás.
El ahora es el tiempo de Dios, y desde Él podemos amar, comprender, y aprender, porque el perdón no interroga ni se hace preguntas. Abrir el corazón nos libera de todas las cargas pesadas que no nos dejan avanzar. Perdonamos para ser felices y recuperar la paz. Detrás de todo acontecimiento, por complicado que nos parezca, siempre existe un significado profunde que nos debe llevar a ver la voluntad de Dios y sus designios de amor sobre cada uno de nosotros. Hace tiempo que Él nos enseñó la mayor lección sobre el perdón y amor hecho entrega y donación, cuando dijo: “Padre, perdónalos porque no saben los que hacen…”, pues la falta de perdón hace más daño a la persona que se siente ofendida que al ofensor.

PERDON Y MISERICORDIA

¿Hemos pensado alguna vez en la paciencia de Dios, la que Él tiene con nosotros?. Él siempre tiene paciencia, nos espera, nos comprende, nos ama. Esa es la misericordia de Dios. Me llama la atención la postura de Jesús en el texto de Juan 5. 1-16, la escena del paralítico y la piscina. Cuando Jesús lo ve, se compadece. Es la misericordia de Dios que se inclina sobre la necesidad del hombre, se compadece, como tantas veces de nosotros. Su pregunta: ¿quieres curarte?, parece innecesaria por la certeza de la respuesta, dada la situación del paralítico. Sin embargo, -en el orden espiritual- , cuántas veces nos falta la voluntad de curarnos. Aun cuando os duela nuestra situación de alejamiento, de pereza espiritual, sentimos esa misma pereza para salir de ahí, porque tememos que los planes de Dios pueden ser otros muy distintos a los nuestros: salir de nuestras desidias, de nuestra parálisis espiritual. La voluntad de salir, es ya un don de Dios. La fidelidad a la gracia que hay en nuestro corazón, debe llevarnos a hacer todo el bien del que somos capaces. No podemos pasar de largo, estamos llamadas a ser misericordiosas como el Padre, así nos lo dice Él: “haz tú lo mismo”. El Seños se ha inclinado sobre nosotros y nos ha dado su misericordia, ahora debemos ser testimonio de la misericordia de Dios para con nosotros. Su misericordia sana nuestro corazón enfermo y nos ayuda a establecer la civilización del amor, que nos hace vivir pendientes de su amor hecho misericordia, inclinados a ayudar, a hacer el bien, a servir, a bajarnos de nuestras soberbias, a quitarnos todos nuestros ropajes egoístas para ser de veras testimonio del amor misericordioso de Dios. Y este amor misericordioso de Dios, me lleva a pensar en la misericordia que movió siempre a Ntro. Padre Santo Domingo, su dolor más profundo fue siempre la distancia entre Dios y el hombre, entre su amor misericordioso y el pecado que nos doblega y nos aparta de la bondad, como don más preciado. El, que vivía desde ahí, desde la misericordia, porque ponía amor donde había miseria, entendía perfectamente los frutos de vivir en unión con Dios, y del hombre que vive a expensas del pecado, de todo lo que no es Dios. Para vivir esto así, hay que ir mucho a la fuente de la misericordia, que es Dios, y saber llenarnos hasta rebosar, para que toda nuestra vida sea un canto a la gracia, que desde el perdón se hace misericordia. Sólo así, seremos realmente gracia y misericordia, como Ntro. Padre nos quiso siempre.