Santo Domingo: un hombre evangélico

SANTO DOMINGO UN  HOMBRE  EVANGÉLICO

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Santo Domingo es un hombre de ayer y de hoy. Después de 800 años de misión Evangélica, su presencia sigue viva entre nosotros sus hijos e hijas, su recuerdo es constante y sus enseñanzas vitales. En Domingo encontramos un Maestro de vida espiritual, un Padre que nos exhorta a seguir sus huellas. En la medida que más le conocemos, más le amamos. En el siglo XXI nos sigue conmoviendo su humanidad, su sensibilidad y su dinamismo. Antes de nacer es ya una antorcha inflamada que abrasa al mundo. Su vida fue una ascensión continua bañada por la claridad de Dios. Alrededor de Domingo se tejía una zona de luz, esa fuente de rayos espirituales generadora de resplandores de fe, del reflejo de “luz” de Cristo. Domingo es ante todo luz y esta luz es realidad y símbolo generadora de prodigios, innovadora, reformadora, revolucionaria, que a través de las edades ha proyectado una claridad que muchos se han convertido y siguen sus huellas. Jordán de Sajonia nos dice: “Domingo hizo nacer sobre el mundo de su época “La aurora de una luz nueva”.

Toda su vida es un signo, una manifestación del Espíritu. El Apocalipsis nos da la clave “El Espíritu y la novia dicen: Ven Señor Jesús. El que oiga diga ven, el que tenga sed que se acerque y recibirá gratis el agua de la vida” Gracias a su Espíritu podemos beber gratis el agua de la vida, como tantas veces repetimos danos “el agua de la Sabiduría”. Los que encontramos en él un modelo de vida cristiana, nos sentimos llamados a vivir como él vivió, nos ha dejado un gran ejemplo a seguir e imitar.

Toda su vida gira en torno a tres ejes.

El celo apostólico.

La vida común.

La oración incesante.

Su gran celo apostólico: le llevó a no perder la ocasión de anunciar el Evangelio, así lo atestiguan sus testigos, entre mucho de ellos destacamos este testimonio de Fray Juan de Navarra. “Domingo se compadecía de sus prójimos y ardentísimamente deseaba su salvación. Muchas veces predicaba el mismo, inducia y enviaba a los frailes a predicar, rogando y amonestándoles que fueran diligentes en la salvación de las almas”.

Todo su ser y vivir se conmovió por la luz y el fuego del Espíritu Santo, atento a la Palabra del Señor oyó en su corazón “Vete y diles lo que yo te mando. No les tengas miedo, yo estaré contigo” (Jr. 1,4). Domingo como San Pablo sintió en su corazón la experiencia del Espíritu ¡Ay de mí si no evangelizare! Guiado por el Espíritu, abierto a Dios se entregó a liberar a  reunir a los hijos de Dios dispersos.  Para Domingo la salvación eterna no es una palabra hueca, no puede resignarse, sino que se moviliza para salvarlas, es su preocupación principal. Él es un hombre apasionado, ama a Cristo y a todos los hombres. Santo Domingo era un hombre de corazón de carne y sensible ante las necesidades materiales y espirituales de los hombres.

Uno de los primeros testigos que convivió con él nos dice “Viendo Fray Domingo el hambre y necesidad de los pobres, movido de compasión y misericordia, vendió los libros, glosados de su mano y el precio de estos y otras cosas que tenía lo entregó  a los pobres diciendo “NO quiero estudiar sobre pieles muertas mientras los hombres mueren de hambre” Fray Esteban. Su primer rasgo es la misericordia, su gran personalidad es la compasión, vivía constantemente  en esa actitud interior que le ponía en comunión con la miseria de los demás.

Jesús estaba lleno de compasión, sufría con los que sufrían, compartía su pena y trasmitía a sus discípulos esa sensibilidad. Jesús sensible al hambre de la muchedumbre, multiplicaba los panes y los peces. Domingo da lo que tiene, va al más necesitado, lo hace desde el corazón, no soporta la miseria de los demás tanto material  como moral. Domingo ha recibido del Espíritu Santo el don de participar en el sufrimiento de los demás. Es un hombre de sensibilidad extrema. “Hace suya la pasión de Cristo” Sufre porque Dios no es amado por todos los hombres. La compasión cambia su vida, no pude pasar de lejos ante la miseria de los demás sin sentirse conmovido. Domingo instaura la vida apostólica según el ejemplo de los apóstoles, él quiere que su vocación no sea para sí, todo su deseo es ser VIDA PARA LOS DEMÁS. Su vocación es imitar a Cristo como predicador del Evangelio. Nuestro Padre quiere que sus hijos e hijas participemos es esta compasión, la hagamos nuestra y demos a los hombres ante su miseria material o espiritual la respuesta que brota del corazón de Dios. Nos dice que para no perder esta sensibilidad y nuestra verdadera razón de ser que amemos la pobreza, ella nos lleva a buscar  a Dios a tener necesidad de Él, a poner todo en sus manos y a dejarnos hacer por él y nos llene el corazón  de su amor.. Él opta por la vida de pobreza por varia razones, la pobreza nos lleva a la libertad de la predicación, a la disponibilidad y a la imitación de Jesús. La vitalidad de la vida apostólica depende de la pobreza. Para ser Evangélico hay que ser pobre.

La palabra llenaba toda su vida, Domingo era el máximo celador de las almas. Sólo la palabra autentica puede salvar, es necesario anunciarla para que actué por sí misma. Su Palabra era convincente porque había una relación entre sus palabras y sus obras. La verdad es el eje de su vida, hablaba de la abundancia de su corazón. Domingo se dio enseguida cuenta que la conversión de los herejes no era problema intelectual, sino de un quebrantamiento interior, su predicación era como espada de doble filo, era el Espíritu el que hablaba por su boca, no estaba en convencer sino en quebrantar el corazón, él actuaba desde la compasión. En su predicación no solo hay frutos y milagros sino que abundaban incomprensiones, rechazos y hasta persecuciones, Santo Domingo a igual que san Pablo dio testimonio de Jesucristo. Su gran celo apostólico le llevaba predicar desde el Espíritu, es decir de una manera espontánea, en pura fe, confiando la palabra a la acción de la gracia, desde la oración, la fe y la confianza. El conocía la gratuidad que le había sido otorgada, la palabra le era continuamente dada , era la acción de Dios en él.

En este hoy de la historia nos toca predicar a Jesucristo, tenemos que ser luz y levadura para todos los hombres viviendo nuestra doble dimensión contemplativa – apostólica. Desde nuestra vida de cada día, con sus dificultades, vivido todo desde el AMOR Y CON AMOR. Es el Espíritu el que la lleva a cabo, nosotras debemos ser como una pluma llevada por una brisa poderosa, un cauce por el cual el Señor pueda fluir con libertad una corriente de gracia que influirá en los demás. Es descansar en el Señor acogiendo su iniciativa. Domingo contribuyó como María a decir “Si  Señor, hágase en mí, según tu voluntad”.

El otro eje es la vida común: que es la característica de su fundación. Él veía al fundar su orden que era una manifestación del espíritu para el bien de la Iglesia y de los hombres. Como una obra de la gracia de Dios, todo provenía de Él. La experiencia de la gracia, en lo que todo se recibe produce humildad.

Nuestras constituciones, las leyes de la Orden no obligan bajo pecado su cumplimiento debe estar ungido únicamente por la gracia interior y la responsabilidad del individuo. No se desprecia la ley sino que  le da cauce de convivencia espiritual y humana. La salvación no viene del cumplimiento de una ley sino de la gratuidad de Jesucristo.

En la comunidad de frailes y hermanas, en el dialogo, la fraternidad la puesta en común de los bienes, en los capítulos, en la celebración comunitaria de la liturgia. Él quiere una organización desde la expresión libre de la personalidad de cada uno. Domingo imprimió a su Orden un estilo novedoso y original. Se centró en los valores fundamentales en el respeto a la dignidad de la persona, la representatividad y la corresponsabilidad, todo desde la fe. Nuestro Padre funda la Orden en torno a la vida comunitaria y desde aquí gira todo. Escoge la regla de S. Agustín, fundada en el modelo de la Iglesia de los primeros cristianos en Jerusalén, de la necesidad de unanimidad en la vida común. “Lo primero por lo que os habéis congregado en comunidad es para que habitéis en la casa unánimes y tengáis un alma sola y un corazón hacia Dios. Y no tengáis cosa alguna como propia sino que todo sea de todos” (Regla de San Agustín). Santo Domingo insiste: es esencial la vida de los apóstoles. Él quiere que sus frailes vivan juntos, que recen juntos y que vayan a predicar juntos. Tenemos varios testimonios muy preciosos de las cualidades de Ntro. Padre para la vida común.

“Fue hombre humilde, manso, paciente y benigno, moderado, pacifico, sobrio y modesto y muy maduro en todos sus actos y palabras; piadoso, consolador de los demás y en especial de sus frailes; singular  celador de la observancia regular, muy amante de la pobreza. Todos resaltan en su gran rasgo “Un maravilloso consolador de los frailes” Tenia el carisma del acompañante espiritual. No se contentaba con atraer frailes a su Orden, sino que los acompañaba para ayudarles en el momento de la prueba.  Para Santo Domingo, la vida común no se limita a habitar juntos, para vivirla bien es necesario la unanimidad, en el compromiso colectivo de la vida común. “Lo que tiene que ser vivido de todos, tiene que ser decidido por todos”. Sólo puede funcionar bien la vida común si hay una entrega total, de darse totalmente a los demás, sin espíritu de recompensa. Dar todo lo que he recibido, vivir la confianza evangélica de perderlo todo para ganarlo todo.  Como él bien nos dice hay más alegría en dar que en recibir. Para vivir esto se requiere una gran fuerza de alma, como la tuvo Ntro. Padre “Todos los hombres cabían en la inmensa caridad de su corazón, y, amándolos a todos, de todos era amado. Consideraba ser un deber suyo alegrarse con los que se alegran y llorar con los que lloran, y llevado de su piedad, se dedicaba al cuidado de los pobres y desgraciados. La vida de comunidad es fuente de alegría, la alegría prometida por el Señor, que el mundo no puede comprender.

Santo Domingo sabe mandar porque ha sabido obedecer. Sabe decidir porque ha sabido madurar. No piensa en su éxito personal, se ha forjado en la vida interior. Él no vivía según las razones lógicas, él actúa guiado por Espíritu Santo,  Santo Tomás nos dice “Los que son movidos por instinto divino no deben aconsejarse por la razón humana, sino que deben seguir la inspiración interior que procede de un principio más alto”. Santo Domingo transmitía a su hijos la grandeza de ánimo, y a nosotros nos la sigue transmitiendo, confiados en la gracia de Dios que nos guía. “Plenamente confiado en Dios, cuenta Juan de Navarra, envío a predicar incluso a los menos hábiles diciéndoles “Id tranquilos, porque el Señor os dará el don de la divina palabra, estará con vosotros y nada os faltará. Partían a predicar, y todo sucedía como él había dicho”. Jordán de Sajonia, que le trató de cerca a Santo Domingo, era hombre, hermano, y Padre. Su presencia impresionaba, tocaba el corazón de aquellos a quienes se dirigía. Él escuchaba porque amaba. Supo ser hermanos de todos, fue ante todo un Padre, Él ha engendrado muchos hijos e hijas, amó como padre y fue amado como padre. Nuestras constituciones nos dicen: Estamos convocadas en comunidad “para tener una sola alma en Dios”. Formamos comunidad, cada una convocadas por Jesucristo para hacer nuestra la causa del Reino de Dios “He oído los clamores de mi pueblo y no he podido soportarlos, por eso vete y diles” Vivimos en comunidad en función de la escucha de la voz de Dios que nos convoca desde la zarza ardiente de su Palabra y desde los gemidos de su pueblo. Un Monasterio en el medio del pueblo hace presente ahora y aquí el Reino de los Cielos. Una comunidad es templo del Espíritu santo, es un Misterio que en cada persona nos tiene que llevar a ver el Misterio de Dios. Nuestras relaciones tiene que ser espirituales, estamos habitadas por la Trinidad, la vida de comunidad es una obra de Dios. Cuando construimos la comunión, la acogida, la generosidad, la escucha haciendo nuestro el sentimiento de los otros, cuando ofrecemos un testimonio de fe, de confianza, la esperanza que nos viene de Él y damos luz somos VIDA PARA LOS DEMÁS.

El otro eje es la oración, es el que da vida al celo apostólico y a la vida común. Todos cuantos vivieron con Santo Domingo, insisten en la intensidad de su oración, rezaba como respiraba. Estaba invadido por la oración, rezaba sin cesar, tanto que cuando iba de camino no dejaba de rezar para no perder el contacto con el Señor, en un coloquio casi ininterrumpido con Cristo Crucificado, siempre llevaba consigo el Evangelio de San Mateo y las cartas de S. Pablo.

Su dialogo con Cristo tiene siempre como horizonte las almas por las que Cristo ha dado su vida. Uno de los testigos nos dice ”Cuántas veces debía ir a costarse, antes se dedicaba mucho a la oración, y muchas veces con gemidos y lágrimas, de tal modo que frecuentemente despertaba al mismo testigo y a otros, el mayor tiempo estaba en oración que durmiendo. Se abstenía de palabras vanas y siempre con Dios o de Dios hablaba” (Fray Guillermo). Él se sumergía en la oración como un niño según el Evangelio “Como lámpara que brilla en la noche, practicaba lo que dice el Señor “Estad en vela, pues orando en todo tiempo” (Lc. 21,36). Santo Domingo oraba con cuerpo y alma, con todo su ser, vivía una profunda comunión con los que sufrían. Su oración es ante todo imitación de Cristo orante y la oración de Cristo alcanza su perfección en la Cruz, para que la oración sea vida y la vida oración es necesario pasar por la cruz, abrazarla y pegarse a ella. Le gustaba orar de pie, con las manaos abiertas, es señal de oblación, como quien  recibe todo, como quien saca del corazón abierto de Jesús, el agua que necesita para vivir. Amaba al Señor, en una unión profunda con Él, era un hombre de profunda fe, tenía un gran amor a Dios y al prójimo, le dominaba un ímpetu de fervor divino, se traslucía en una intensa vida interior.. Esta vida teologal que vivía en profundidad la expresaba en la alegría, el fruto verdadero de la caridad. Este don de la alegría que le viene de Dios, tuvo un auge espacial después de su muerte. La alegría que vivió en la tierra se propaga ahora por ese buen olor. Ese perfume que desprende los restos se nos presenta como una confirmación de su vida teologal.

Santo Domingo era un hombre de oración y palabra. La Palabra ha ido forjando en él al hombre interior, ha sabido madurar para actuar no en función de sí mismo sino en favor de los demás. Cuando leía la Sagrada Escritura se entregaba por entero a la lectura, se entregaba a ella como si entregara a la personas. El Evangelio para él era una persona. Su mente se encendía dulcemente como si oyese al Señor  que le hablaba, al encontrarse con las personas se encontraba con Cristo, su corazón se ardía en fuego para predicar a los demás. Su vida espiritual estaba centrada en la celebración de la liturgia. La liturgia la vivía como la expresión pública de la vida divina intima de la Iglesia. Dios escogió la Encarnación para comunicarse con el hombre, utilizando el lenguaje humano que se basa en palabras y signos, Dios está en contacto permanente y sensible con los hombres. Él nos encarga la permanencia de la alabanza y de la intercesión, viviendo todo el oficio divino participamos activamente en el fin de Nuestra Orden que es la salvación  de las almas. Su gran experiencia de saberse amado y salvado le llevaba a anunciar apasionadamente a Jesucristo, no como objeto de devoción sino como el que se aparece y cambia tu vida. Nuestra contemplación nos tiene que llevar a la línea de la verdad, que es el lema nuestro VERITAS. Es el conocimiento infundido por el Espíritu de los misterios de nuestra salvación. Santo Domingo nos enseña que la verdad es tan importante como el amor para penetrar en el alma. Todo el sentido de nuestra vida está en la verdad en la línea del bien y del amor.

Antes de partir de este mundo Nuestro Padre nos dejó un mensaje de verdad y amor. Es un magnifico testamento de esperanza y compromiso para vivirlo nosotros sus hijos e hijas, nunca debemos olvidar esta herencia.

Él está siempre entre nosotros, nos lo prometió en la hora de su muerte “Os seré más útil y provechoso después de la muerte de lo que haya sido en vida”

Nos quiere hacer pensar lo que es ser pobre, humildes y caritativos para ser testigos para los demás del AMOR DE JESUCRISTO.