Las Monjas de la Orden

Fray Domingo, perseverando en el anuncio fervoroso del Evangelio, confunde a los herejes por su sabiduría y vida ejemplar, alternando la predicación con disputas teológicas. Muchas personas que, inducidas al error habían virgen en su mantosimpatizado con la herejía, o se había vinculado a ella, ejerciendo como itinerantes o viviendo en rigurosa austeridad comunitaria, vuelven al seno de la Iglesia Católica por la predicación y el testimonio de fray Domingo. Entre las convertidas figuraban mujeres pertenecientes a familias nobles, cuyos padres, venidos a menos, las confiaron a los herejes siendo aún adolescentes o antes de salir de la niñez, traspasándoles con ellas la responsabilidad de su manutención y educación. La conversión de estas mujeres, hasta entonces viviendo como perfectas en comunidades cátaras a estilo monacal, planteaba serios problemas a los predicadores católicos. Las convertidas carecían de medios de subsistencia y no podían incorporarse a los hogares de origen, porque sus familiares, pertenecientes a la herejía o muy comprometidos con los herejes, las cerraban las puertas o se mostraban hostiles por el giro dado en sus prácticas religiosas. Con el fin de amparar a las que se encontraban en tal situación, proporcionándolas el alojamiento y la protección que necesitaban, así como la formación convenientemente a sus deseos de consagración al servicio divino, el día 22 de noviembre de 1206, festividad de Santa Cecilia, se abrieron las puertas del monasterio de Prulla, dando acceso a sus primeras moradoras. Ese mismo año, el obispo Fulco firma un acta concediendo la iglesia de Santa María de Prulla, y el territorio adyacente a treinta pasos alrededor de la misma, “a las mujeres convertidas por los predicadores que fueron delegados para rechazar la peste herética y para predicar contra sus fautores”.

Las Monjas, parte integrante de la Orden

Las monjas dominicas son parte esencial de la Orden de Predicadores y ayuda eficaz para la vida espiritual y el ministerio de los frailes. El fin de la Orden, “que es comunicar a los demás las cosas contempladas, no puede ser alcanzado según la plenitud que le es propia, sino a través de la cooperación de todos los miembros de la familia. La función específica de las monjas dominicas ocupa la parte principal en esta cooperación y es, en consecuencia, de máxima importancia” (Carta del Maestro General de la Orden, fray Aniceto Fernández, 22 de julio de 1971).

El Capítulo General de la Orden de Predicadores, celebrado en Oakland, del 19 de julio al 8 de agosto de 1989, se hizo eco de que “hay entre las monjas un creciente convencimiento de su papel de complementariedad en la vida y visión de la Orden; aspiran a encontrar los modos de comprenderlo más profundamente y de expresarlo mejor” Y consciente de lo que las monjas representan para toda la Orden, el Capítulo General, celebrado en México, del 1 al 31 de julio de 1992, las exhorta “a que que se solidaricen con las prioridades de la Orden y participen en su misión desde su identidad contemplativa”.

Los elementos que determinan la identidad de las mojas predicadoras responde adecuadamente al carisma fundacional de la Orden. La Orden fue instituida para “la predicación de la palabra de Dios, propagando por el mundo entero el nombre de nuestro Señor Jesucristo” (Honorio III). Las monjas dominicas están dedicadas al servicio divino, en oración continua y austeridad de vida que implica obras de penitencia, así como renuncias, con plena madurez de libertad. Su oración es contemplativa, pero en razón del carisma de toda la Orden, del que ellas participan, su oración es también apostólica. Las monjas predicadoras, sin abandonar el claustro ni hacerse oír fuera de él, según requiere su vocación, cooperan de manera propia al ministerio de los frailes, invocando la iluminación Espíritu Santo para que los predicadores, llevados por el amor de Dios, que es el alma del apostolado, sean voz de la palabra divina, en espíritu y en verdad, con integridad y pureza. Y a la vez instan al Espíritu Santo a que disponga, en actitud ampliamente receptiva, superadora de toda sabiduría humana, a los que escuchan el acto profético de la predicación, para que la palabra prenda y obre eficazmente en ellos.

Esta es la misión de las monjas, expuesta, con otras palabras, en sus Constituciones:

  • “Buscarle (a Jesucristo) en el silencio, pensar en El e invocarlo, de tal manera que la palabra que sale de la boca de Dios no vuelva a El vacía, sino que prospere en aquellos a quienes a sido enviada” (1 § II).
  • Imitando a Jesús, que se retiraba al desierto para orar, “son un signo de la Jerusalén celeste que los frailes construyen con su predicación” (28 § 1). dominica-blanco
  • Mediante la perseverancia en la actitud de escucha, estudio y práctica de la palabra, “anuncian el Evangelio de Dios con el ejemplo de su vida” (96 § I).
  • Edifican en el claustro la Iglesia de Dios que, por oblación de sí mismas, han de extender por el mundo, con este programa de vida: “Uniformes en la forma de vida puramente contemplativa, guardando en la clausura y en el silencio la separación del mundo, trabajando diligentemente, fervientes en el estudio de la verdad, escrutando con corazón ardiente las Escrituras, instando en la oración, ejercitando con alegría la penitencia, buscando la comunión en el régimen, con pureza de conciencia y con el gozo de la concordia fraterna, buscan con libertad de espíritu, al que ahora las hace vivir unánimes en una misma casa v en el día novísimo las congregará como pueblo de adquisición en la ciudad santa. Creciendo en caridad en medio de la Iglesia, extienden al pueblo de Dios con misteriosa fecundidad v anuncian proféticamente, con su vida escondida, que Cristo es la única bienaventuranza, al presente por la gracia, y en futuro por la gloria” (1 § V).