Ven y verás …

“Recordando que Santo Domingo había encomendado el cuidado de la Orden a la Virgen María, se acogieron a la Santísima Virgen como a esperanza única”. (Cerratense, nº 48)

En los tiempos que corren necesitamos rescatar del olvido todos esos detalles que, con el paso de los años, se han ido fraguando en nuestro interior. Desde estas líneas os invito a volver a leer a los grandes autores de nuestra fecunda Escuela Dominicana.

Y es que, a veces, por una incomprensible moda pasajera, vamos a buscar el agua en otras fuentes que, siendo del todo válidas y respetables, no son las nuestras. Con razón a los Dominicos se nos ha tachado en muchas ocasiones, de no enaltecer lo propiamente nuestro, mientras exaltamos las glorias de otros.

Desde una mirada agradecida a nuestros padres y madres en la Orden, queremos releer y profundizar en todo lo que atañe a nuestro ser Dominicano. Es verdad que hay mucho material legendario que a lo largo de ocho siglos parece confundirse con la historia, pero creo que también esos elementos utópicos y maravillosos configuran nuestra rica herencia espiritual; “que en las historias para todos hay sendas que siguen unos y reprueban otros, porque la fe, como es humana, deja libre los entendimientos, para que cada uno crea lo que quisiere”.

Sobre nuestra tradición mariana se han escrito grandes cosas, pero hoy queremos apuntar algunos textos (en los que resuena la voz de Alano de la Rupe), de dos Dominicos del siglo XVII: Fray Pedro de Santa María Ulloa, con su obra “Arco Iris de paz” y Fray Francisco de Posadas con su “Vida de Santo Domingo”.

“En el Rosario tienes todas las delicias espirituales que puedes desear, imaginar y pensar.

Sólo falta que entres al Reino de María Soberana, la entrada está abierta.

Procura, pues, tener a esta Señora eternamente contigo y la cadena de su Rosario lígala siempre a tu corazón, ponla a tu cuello, llévala contigo en todo momento, grábala en tu corazón de manera, que el quitarla se te haga tan sensible, como si te quitaran el corazón.

Dile a la Madre de Dios que haga oración por ti, y esa sola será bastante para que el Señor te favorezca, como cada día favorece por sus ruegos a muchos e innumerables pecadores.

No te apartes de esta gran Señora porque, si se va, se te fue Dios y te quedas en una noche oscurísima, sin Sol y sin Luna”.

“Santo Domingo se retiró a una gruta para derramar entre los árboles, las piedras y las fieras sus amorosas quejas. Entróse en ella, donde estuvo tres días sin comer ni beber. Aquí fueron sus ojos caudalosos ríos, a cuyas corrientes sentado, como los israelitas a las de Babilonia, soltó las riendas al llanto.

Acudió María Santísima a la cueva a dar consuelo a su siervo e hijo, acompañada de ángeles, llenándose de gloria aquella gruta en que estaba sin vital aliento mi Padre Santo Domingo. Dióle la mano al que estaba más levantado, cuando los ojos le miraban más caído y, aplicando el pecho a sus benditos labios, le dio el néctar de aquellas fuentes que derramaban tan amables dulzuras. Y estando mi amoroso Padre en los dulces brazos de la Virgen, oyó que le decía la Santísima Reina:

-Domingo, Hijo y Esposo, no te aflijas cuando ves que no se logra en todos el fruto de tu Predicación. Procura predicar mi Rosario”

En medio de la belleza literaria de este lenguaje barroco, se nos está invitando a entrar desde la súplica que brota de lo más hondo de nosotros mismos. Entrar en la caverna–gruta de María Santísima, porque Ella es la clara luz en la noche del mundo.

Y Domingo de Guzmán lo sabía, porque había peregrinado al Santuario de su Corazón cuando la futura Orden de Predicadores estaba aun en pañales. Imaginemos a un Domingo fascinado, con ese temor reverencial que nos produce lo santo, una fuerza sobrenatural que llega a perturbarnos amorosamente. El Rosario es una cueva sagrada, como las antiguas grutas de las diosas madres del Neolítico; en el Rosario nos abrimos al misterio y a la profundidad de todo lo humano. No hace mucho tiempo que tuve la gran suerte de poder descender hasta lo más profundo de una oscura sima en la zona del Alto Tajo. Confieso que, al principio, sentí un gran escalofrío por el misterio de todo lo que estaba contemplando a la tenue luz de una simple linterna, también el frío y el cambio de presión limitaban mis fuerzas físicas. Pero, a pesar de todo, tenía la certeza de que Ella estaba allí, como una poderosa energía que nos lleva al centro de la Tierra, Ella es un gran imán: cuanto más nos adentramos en su Corazón, más atracción sentimos.

Sólo falta que entres… allí está Ella en plenitud, como zarza ardiente que no se consume, allí somos buscados y encontrados por la Señora.

Sólo falta que entres… allí se nos brinda una ocasión preciosa para volver a lo esencial de nuestra espiritualidad.

Sólo falta que entres… el Rosario es la gruta donde aprendemos a orar y a gozar del don materno de Nuestra Señora.