Jornada Pro Orantibus, 2106

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CONTEMPLAD EL ROSTRO DE LA MISERICORDIA

El domingo, 22 de mayo, celebramos la «Solemnidad de la santísima e indivisa Trinidad, en la que confesamos y veneramos al único Dios en la Trinidad de personas, y la Trinidad de personas en la unidad de Dios» (elog. del Martirologio Romano). En esa solemnidad celebramos también la Jornada Pro orantibus. Es un día para que valoremos y agradezcamos la vida de los monjes y monjas, que se consagran enteramente a Dios por la oración, el trabajo, la penitencia y el silencio. Toda la Iglesia debe orar al Señor por esta vocación tan especial y necesaria, despertando el interés vocacional por la vida consagrada contempla- tiva.

La exhortación apostólica de san Juan Pablo II, Vita consecrata, en el número 8, describe así la naturaleza y finalidad de la vida consagrada contemplativa: «Los Institutos orientados completamente a la contemplación, formados por mujeres o por hombres, son para la Iglesia un motivo de gloria y una fuente de gracias celestiales. Con su vida y misión, sus miembros imitan a Cristo orando en el monte, testimonian el señorío de Dios sobre la historia y anticipan la gloria futura. En la soledad y el silencio, mediante la escucha de la Palabra de Dios, el ejercicio del culto divino, la ascesis personal, la oración, la mortificación y la comunión en el amor fraterno, orientan toda su vida y actividad a la contemplación de Dios. Ofrecen así a la comunidad eclesial un singular testimonio del amor de la Iglesia por su Señor y contribuyen, con una misteriosa fecundidad apostólica, al crecimiento del Pueblo de Dios» (VC, n. 8).

El lema de este año es: «Contemplad el Rostro de la misericordia». Está en sintonía con el Año Santo de la Misericordia, convocado por el papa Francisco para toda la Iglesia.

La misericordia es un tema central para comprender a Dios y, en consecuencia, para comprender al hombre. Así nos lo han recordado en los últimos años: san Juan Pablo II, con su encíclica Dives in misericordia; Benedicto XVI, con su encíclica Deus caritas est; y el propio papa Francisco con este Año Jubilar, a través de la bula de convocación Misericordiae Vultus.

«Jesucristo es el Rostro de la misericordia del Padre» (MV, n. 1).

«Siempre tenemos necesidad de contemplar el misterio de la misericordia. Es fuente de alegría, de serenidad y de paz. Es condición para nuestra salvación. Misericordia: es la palabra que revela el misterio de la Santísima Trinidad» (MV, n. 2).

La misericordia cualifica la sacramentalidad de la Iglesia. Dentro de la Iglesia, la vida consagrada y, de modo especial, la vida consagrada contemplativa, está llamada a ser transparencia viva del Rostro misericordioso de Cristo (mensaje del cartel de la Jornada). Quien ha experimentado en su vida, como la persona contemplativa, la misericordia de Dios, la irradia a los demás y es misericordiosa y compasiva con los hermanos. Es el gran mandato y herencia de Jesús: «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6, 36).

Antes hemos de rescatar la misericordia de una concepción excesivamente sentimental, para convertirla en el gran principio de acción de la Iglesia que la impulsa a comprometerse con los más pobres. Mientras los poderosos tienen en cuenta todo menos el sufrimiento del pueblo, la Iglesia, y dentro de ella la vida consagrada contemplativa, está urgida a recuperar y patentizar su clamor: «La Iglesia, guiada por el Evangelio de la misericordia y por el amor al hombre, escucha el clamor por la justicia y quiere responder a él con todas sus fuerzas» (EG, n. 188). «Vive un deseo inagotable de brindar misericordia, fruto de haber experimentado la infinita misericordia del Padre y su fuerza difusiva» (EG, n. 24). El papa habla de comunidades samaritanas, verdaderos hospitales de campaña, capaces de salir a las periferias del dolor para sanar las heridas, curar, dar calor.

Cierto que los miembros de vida consagrada y las personas contemplativas, como el resto del Pueblo de Dios, llevamos este tesoro de la misericordia de Dios en vasijas de barro (cf. 2 Cor 4, 7). Por eso necesitamos recibir constantemente la misericordia de Dios para poder ofrecerla y repartirla con la misma magnanimidad como se nos ofrece a diario. Ojalá que las personas consagradas sean testigos de misericordia y profecía del amor de Dios, que se revela en el rostro del Señor, el primer consagrado al padre, y con el que los contemplativos se identifican en su forma de vida y en sus gestos inconfundibles de misericordia.

En la Jornada Pro orantibus damos gracias Dios por el don de la vida consagrada contemplativa, que tanto embellece el Rostro de Cristo misericordioso, que resplandece en su Iglesia.

✠ Vicente Jiménez Zamora

Arzobispo de Zaragoza. Presidente de la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada

VIDA CONTEMPLATIVA DE LA IGLESIA EN ESPAÑA, HOY

La vida consagrada, en sus diversas formas, es una gracia con la que el Señor bendice a cada generación cristiana. Para todos es notorio el ardor evangelizador de los misioneros, la paciente dedicación educativa con niños y jóvenes, la atención solícita hacia los pobres, el respetuoso cuidado de los ancianos o el acompañamiento consolador a los enfermos, por citar algunos de los ejemplos cotidianos de la misión de los consagrados.

Pero hay una presencia peculiar, en el corazón la Iglesia, que la sos- tiene con la imitación de Cristo orando en el monte: la vida consagrada contemplativa, a la que la Iglesia que peregrina en España dedica el domingo de la Santísima Trinidad.

EL SENTIDO DE LA VIDA CONTEMPLATIVA

La vida de los Institutos contemplativos expresa de un modo particular el Misterio pascual de Cristo: son comunidad orante que, con su esposo Jesucristo, se entrega sin reservas por amor, para gloria del Padre y salvación del mundo. Por eso se puede decir que si los contemplativos están, en cierto modo, en el corazón del mundo, se hallan mucho más en el corazón de la Iglesia.

Esta es la preciosa experiencia de una contemplativa, santa Teresa del Niño Jesús:

Ser tu esposa, Jesús, ser carmelita, ser por mi unión contigo madre de almas, debería bastarme… Sin embargo, siento en mi interior otras vocaciones: siento la vocación de guerrero, de sacerdote, de apóstol, de doctor, de mártir… Siento en mí la vocación de sacerdote.

¡Con qué amor, Jesús, te llevaría en mis manos cuando, al conjuro de mi voz, bajaras del cielo…! ¡Con qué amor te entregaría a las almas…!

A pesar de mi pequeñez, quisiera iluminar a las almas como los profetas y como los doctores… Tengo vocación de apóstol…

 Quisiera recorrer la tierra, predicar tu nombre y plantar tu cruz gloriosa en suelo infiel. Pero, Amado mío, una sola misión no sería suficiente para mí. Quisiera anunciar el Evangelio al mismo tiempo en las cinco partes del mundo, y hasta en las islas más remotas… Quisiera ser misionero no solo durante algunos años, sino haberlo sido desde la creación del mundo y seguirlo siendo hasta la consumación de los siglos… Pero, sobre todo y por encima de todo, amado Salvador mío, quisiera derramar por ti hasta la última gota de mi sangre…

Al mirar el cuerpo místico de la Iglesia, yo no me había re- conocido en ninguno de los miembros descritos por san Pablo; o, mejor dicho, quería reconocerme en todos ellos… La caridad me dio la clave de mi vocación. Comprendí que si la Iglesia tenía un cuerpo, compuesto de diferentes miembros, no podía faltarle el más necesario, el más noble de todos ellos. Comprendí que la Iglesia tenía un corazón, y que ese corazón estaba ardiendo de amor.

Comprendí que solo el amor podía hacer actuar a los miembros de la Iglesia; que si el amor llegaba a apagarse, los apóstoles ya no anunciarían el Evangelio y los mártires se negarían a derramar su sangre… Comprendí que el amor encerraba en sí todas las vocaciones, que el amor lo era todo, que el amor abarcaba todos los tiempos y lugares… En una palabra, ¡que el amor es eterno…!

Entonces, al borde de mi alegría delirante, exclamé: ¡Jesús, amor mío, al fin he encontrado mi vocación! ¡Mi vocación es el amor! Sí, he encontrado mi puesto en la Iglesia, y ese puesto, Dios mío, eres tú quien me lo ha dado… En el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré el amor… Así lo seré todo…

EL APOSTOLADO DE LOS CONTEMPLATIVOS

La vida específicamente contemplativa es de gran actualidad, pues a pesar de la urgente necesidad de apostolado activo, aquellos Institutos conservan siempre un lugar preeminente en el Cuerpo Místico de Cristo; sus miembros ofrecen a Dios un eximio sacrificio de alabanza y, produciendo frutos abundantísimos de santidad, son un honor y un ejemplo para el Pueblo de Dios que acrecientan con misteriosa fecun- didad. Su apostolado primordial y fundamental consiste en su misma vida contemplativa, porque tal es su modo típico de ser Iglesia, de vivir en la Iglesia, de realizar la comunión con la Iglesia y de cumplir una misión dentro de la Iglesia.

Es en esta perspectiva, la vida de clausura tiene unas leyes y normas propias, que acogen libre y gozosamente quienes abrazan esta vocación. Con el debido respeto de la normativa eclesial, en fidelidad al espíritu propio y a las tradiciones de cada familia religiosa recogidas en sus Constituciones (por las que distinguimos dos tipos de clausura: papal o constitucional), los monasterios y conventos de vida contemplativa pueden abrirse a unas experiencias de ayuda y de participación en beneficio de los que viven fuera, sobre todo por medio de la oración y de la vida espiritual, pero también con determinadas obras docentes, asistenciales y de acogida.

LA VIDA CONTEMPLATIVA EN ESPAÑA

La presencia de la vida contemplativa en España es muy numerosa, hasta el punto de contar con un tercio del número total de monasterios de todo el mundo. El paisaje de toda la península está ornado por este vasto patrimonio, hasta en los lugares más recónditos.

La presencia más numerosa es de la vida contemplativa femenina, con un total de 784 monasterios femeninos y 8.672 monjas (datos de diciembre de 2015). Según la normativa eclesiástica vigente, estos monasterios son autónomos, con un vínculo directo con el obispo de la diócesis en que se encuentran, o bien con el superior mayor del Instituto masculino de la familia religiosa a la que pertenecen.

Los monasterios masculinos se rigen por una normativa similar a la vida religiosa apostólica, lo que también se refleja en el apostolado que realizan. En la actualidad contamos en España con 35 monasterios masculinos y 481 monjes (datos de diciembre de 2015).

En este día tenemos también presente a los ermitaños y ermitañas, residentes en varias diócesis españolas. «Escondida a los ojos de los hombres, la vida del eremita es predicación silenciosa de aquel a quien ha dado su vida, porque, para él, lo es todo. Se trata de un llamamiento particular a encontrar en el desierto y en el combate espiritual la gloria del Crucificado» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 921).