Hace oír a los sordos y hablar a los mudos

Domingo, 6 de septiembre. XXIII semana del Tiempo Ordinario

Lectura del evangelio según san Marcos 7, 31-37

En aquel tiempo, dejó Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del lago de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos.
Él, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y, mirando al cielo, suspiró y le dijo:
– «Effetá», esto es: «Ábrete.»
Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad.
Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían:
– «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos.»

REFLEXIÓN

«Vuestro Dios viene en persona»

La llegada de los tiempos mesiánicos fue anunciada por los profetas con la presencia de unos signos que significaban la liberación de todas las esclavitudes que atenazan al hombre. Esta salvación se verificaría también por curaciones físicas de enfermos, tullidos, ciegos, mudos: «Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán». En efecto, el profeta Isaías (primera lectura) pone de relieve que estas acciones maravillosas no se cumplirán por la acción de intermediarios o mensajeros divinos, sino que será Dios mismo quien intervendrá a favor de su pueblo: «Vuestro Dios, que trae el desquite, viene en persona».
No cabe duda de la relación existente entre esta profecía y la curación que narra san Marcos. Jesús cura a un sordomudo y con su acción manifiesta la llegada de los tiempos definitivos, su ser Hijo de Dios y la necesaria adhesión a su persona para la salvación. La exclamación final, que el evangelista pone en boca de los testigos del milagro, cierra el círculo que establecen la primera lectura y el Evangelio, haciendo ver aquel hecho de Jesús como el cumplimiento de las profecías antiguas. Es una invitación a constatar y recordar la esperanza de Israel para tomar conciencia del significado auténtico del hecho: «En el colmo de su asombro decían: «todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos»».
Además de la curación física, en la recuperación del oído y la posibilidad de hablar puede verse la incorporación del sordomudo al ámbito de la salvación: él escucha ya por sí mismo la palabra del Hijo de Dios y se une al grupo que confiesa quién es el que hace semejantes cosas: «Con más insistencia lo proclamaban ellos». Esta es la «libertad verdadera» que pedimos en la oración colecta para quienes hemos sido redimidos y adoptados como hijos.
Se comprende así por qué la comunidad cristiana ritualizó estos gestos y palabras del Señor en el sacramento del bautismo: «El Señor Jesús, que hizo oír a los sordos y hablar a los mudos, te conceda, a su tiempo, escuchar su Palabra y proclamar la fe». El que recibe el bautismo es como el sordomudo que sale del silencio y mudez para entrar en la dinámica de la fe. De esta manera, el creyente se define como aquel a quien el Señor le abre los labios para proclamar sus alabanzas.
La curación expresa también la predilección de Dios por los más necesitados. Por esta razón la comunidad cristiana ha de distinguirse por el mismo amor. En ella no puede haber desprecio para con los pobres, señala la segunda lectura; todo lo contrario, Dios los escogió «para hacerlos ricos en la fe y herederos del reino».