Somos una Familia

 

 

Escudo Dominicas

La  Familia  Dominicana

La Orden de Predicadores ha nacido como familia; una familia que comparte el mismo carisma común de la predicación. Este fue el proyecto de Domingo. Esta familia dominicana, familia particular y unida en el seno de la gran familia cristiana, no ha sido creada para ella misma, sino para que esté al servicio de la Iglesia en su misión en el mundo. Las ramas de la familia dominicana son múltiples: frailes, monjas, congregaciones de hermanas, seglares en fraternidades, grupos de jóvenes, institutos seculares y sacerdotes seculares en fraternidad. «Cada una tiene su carácter propio, su autonomía. Sin embargo todas participan del carisma de Santo Domingo, comparten entre ellas una vocación única de ser predicadores en la Iglesia» (Capítulo de México, 1992). Nuestro celo se funda en la pasión por abrir a la humanidad caminos de vida, de verdad y libertad por la palabra. Desde los orígenes, el carisma de la Orden de Predicadores consiste en “la salvación de las almas”, mediante la predicación. El amor por la predicación es la señal distintiva de todas las ramas de nuestra Orden.

La respuesta de Domingo, y una de las claves del éxito como predicador, fue su modo de vivir. Lo que atrae a las gentes hacia Cristo Jesús, no es precisamente lo que decimos, sino lo que somos. Por eso, nuestra predicación realiza de una manera plena su tarea en la medida en que los pobres reconocen a Jesús en nuestras comunidades. El evangelio que predicamos es la Buena Noticia a los pobres.

Nuestro carisma dentro de la Iglesia es ejercer, en colaboración con el ministerio de los obispos, la predicación en su dimensión profética, de modo colegial, comunitario. Es un recuerdo constante a toda la Iglesia de la importancia de la predicación. Nuestro trabajo teológico, en el que se apoya nuestra predicación, quiere descifrar constante y conjuntamente la Palabra de Dios y la experiencia humana.

Enraizados en la contemplación

Nuestra vida apostólica y nuestra enseñanza deben brotar de la abundancia de la contemplación. Es en ella donde Domingo encontraba la fuente de su pasión por la predicación. Compartimos en comunidad una oración litúrgica viva de la que Eucaristía, vivida y celebrada juntos, es el punto culminante. Pero también es esencial para nuestras vidas la oración silenciosa y privada, en la que nos dirigimos a Dios, en busca de ese “cara a cara”, en el viven instantes de una verdad inevitable y de un perdón desconcertante. La oración es el reto más urgente que nosotros podemos lanzar a una sociedad en la que la eficiencia ha sido convertida en ídolo, en cuyos altares es sacrificada toda la dignidad humana.

Nosotros no nos elegimos como los amigos pueden hacerlo, sino que nos recibimos los unos a los otros como hermanos que tienen un Padre común. La elección de vida común nos hace responsables los unos de los otros y de la marcha armoniosa de la comunidad. Esta se encuentra constantemente en construcción a partir de las debilidades de cada uno. Reunidos para habitar juntos en la comunidad, y formando “un solo corazón y una sola alma” en Dios, nos vemos impulsados a vivir juntos, aun cuando tengamos opiniones y actitudes diversas. Esto es posible únicamente porque Cristo, centro de nuestra vida comunitaria, constituye nuestra unidad. Lo que está en juego es importante, porque nuestra predicación, aunque personal, es un fruto producido en común. En efecto, si la vida fraterna, lo mismo que el estudio, no es un fin en sí, sin embargo es la primera tierra en la que nuestra palabra es acogida.

Nuestra contemplación no es solamente la que va unida a la oración. Es más generalmente la del estudio en la que se rumia la verdad sobre Dios y sobre el hombre, en la búsqueda de sentido. El estudio no tiene como fin principal hacer de nosotros especialistas en filosofía y en teología. Tiende a manifestar el sentido de las cosas y del mundo, del hombre y de las situaciones humanas, del plan de Dios en la historia.

Destinados al Amor

Nuestra familia dominicana se consagra a Dios siguiendo a Cristo para llevar en la Orden una vida evangélica bajo la mirada de María, y comprometiéndose a permanecer fieles al espíritu y al proyecto de Domingo. Por la promesa de obediencia hecha en manos del represen­tante del Maestro de la Orden o de la Superiora de su institución, los hermanos, las hermanas y los seglares de institutos seculares entregan una vida que deberá ser vivida progresivamente. Ellos aceptan, y de modo radical en un instante, las llamadas evangélicas a la obediencia, a la pobreza y a la castidad sobre las que son invitados a estructurar su vida. Destinadas al amor que es la vida misma de Dios, fuentes de vida y de dinamismo, apoyando nuestra predicación, estas elecciones exigentes nos conducen hacia un futuro desconocido. Ahí está nuestro gozo.