El Silencio

“El bienaventurado Domingo, raramente hablaba sino con Dios, es decir, orando, o de Dios, y sobre esto amonestaba a los hermanos. Las monjas, meditando estas cosas en su interior, hagan de su casa y especialmente de su corazón, un lugar de silencio”.

El silencio en nuestra Orden desde el principio es uno de los medios esenciales para vivir nuestra vida de contemdominicas_calleplación.
El capítulo de nuestras constituciones dedicado al silencio nos dice; “El bienaventurado
Domingo, raramente hablaba sino con Dios, es decir, orando, o de Dios, y sobre esto amonestaba a los hermanas”.

Nosotras, meditando estas cosas en nuestro interior, hacemos de nuestra casa y especialmente de nuestro corazón, un lugar de silencio.
Es el silencio la defensa de toda observancia y contribuye de manera especial a la paz y a la contemplación.

El medio eficaz para poder mejor, meditar en lo profundo del corazón, orar mejor, estudiar, descansar, conseguir la paz interior, contemplara mejor. Además es defensa de la buena observancia.
El objetivo del silencio es para encontrarnos con Dios y a la vez nos facilita el encuentro con si mismo. El silencio nos hace descubrir la simplicidad de la vida, su desnudez, nos permite centrarnos en lo esencial, a penetrar en lo invisible.
El fruto del espíritu, es amarse uno a sí mismo, como miembro vivo de Cristo. La misma vida de Dios se desenvuelve en el silencio. El Misterio Trinitario se realiza en el silencio.
El silencio favorece a la relación íntima con Dios. La contemplación madura en el silencio.

En el ambiente silencioso, es de donde surgen las palabras que la Gracia de Dios siembra en las almas dóciles; de allí sale el testimonio de una dominica, basada en la iluminada sabiduría que amaestra y difunde la luz de la Verdad.
El silencio es por tanto uno de los medios que debe ser acogido como exigencia interior para poder organizar nuestra vida, sumergida en la contemplación. Es acogerlo para que Dios hable a nuestro corazón.
En el silencio todo nace, todo se transforma y el corazón se hace carne. Nos llama continuamente a conversión.