El Estudio

“Porque el estudio, parte genuina de la observancia de la Orden, recomendado ciertamente por el bienaventurado Domingo a las primeras hermanas, no sólo nutre la contempalción, sino que favorece el cumplimiento de los consejos evangélicos”.

El estudio y la contemplación tienden a un único fin: el conocimientoDominicas La Solana (5) del Dios revelado en y por Jesucristo, presente en el mundo de hoy y en lo profundo de nuestro corazón. En este conocimiento, o más bien familiaridad, no se puede progresar sin el estudio. El estudio nos prepara a encontrar a Dios y a acoger su Palabra así como es, en su verdad, y no como nosotros la imaginamos. Solo cuando se trata verdaderamente de la Palabra de Dios, acogida en la verdad, esta puede habitar abundantemente en nosotros y dentro de nuestra comunidad.

Pertenece a las monjas hacerse primeramente lugar de acogida de esta Buena Nueva. En cuanto Dominicas, “sedientas de la salvación de los hombres” (cfr. LCM 1, II), la desean también para transmitirla. Su existencia, el testimonio de su vida, es el primer “soporte” de esta transmisión.
“Escuchando, celebrando y guardando la Palabra de Dios, anuncian, con el ejemplo de su vida, el Evangelio de Dios” (LCM 96, I). Se trata de la vida personal, hecha transparente para el Evangelio, más aún, “evangélica”, como la de Domingo, que “en su hablar y actuar se mostraba siempre como un hombre evangélico.

Sin duda alguna, el estudio forma parte de los valores y elementos fundamentales de los cuales está constituida la vida dominicana. El fin del estudio no es la erudición, sino una vida más conforme al Evangelio. En el corazón o centro de la vocación de Domingo, en cuanto Predicador, y de la vocación dominicana, está la experiencia de Dios. Tal experiencia está estrechamente ligada a la oración y a la contemplación. Haciendo uso de nuestra inteligencia, que es un don de Dios, nos esforzamos por penetrar en el misterio de Dios y de su amor por los hombres. Al mismo tiempo, nos esforzamos por comprender a los hombres y ser, de alguna manera, testigos y anuncio de la Buena Nueva. Conociendo sus dificultades y angustias, sus interrogantes y las situaciones de sufrimiento, nos hacemos conscientes de las realidades de todo hombre que se acerca a nosotras para compartir su realidad o situaciones de gozo o dolor.

Es evidente que el estudio no sólo nutre la contemplación, sino que acercándonos más a Dios, nos ayuda a hacer nuestras tanta problemática humana, y a vivir no desde el olvido o la indiferencia, sino desde la realidad que se hace nuestra, aunque sea mi prójimo quien lo vive en su propia carne, a leer los signos de los tiempos, y traspasar las fronteras que nos separan. Y todo esto se hacer realidad, cuando hacemos en nosotros, en nuestro corazón y en nuestro espíritu, el espacio, a La Palabra de Dios. Es la Palabra la que se encontrará en el centro de nuestra atención, de nuestro estudio. Condensada en la Biblia, la Palabra de Dios nos conduce también a través de la Tradición de la Iglesia y la reflexión teológica. Desarrollada en ella la Palabra de Dios, es Palabra de salvación destinada a todos los hombres. Es necesario escrutar las Escrituras y los signos de los tiempos. Ello se hace necesario para hablar con Dios y de Dios, con los demás.

El estudio y la contemplación, como también la predicación, son expresiones diversas pero complementarias, de una sola e idéntica pasión: con todas las fuerzas creadoras confiadas a cada uno, con la inteligencia y el corazón, nos esforzamos en comprender. Y deseamos comprender para amar en verdad.