El Trabajo

El espíritu y orden que anima nuestras constituciones, favorece sin ninguna duda el desarrollo del trabajo como factor colaborador en nuestra vida comunitaria y en nuestro ser de contemplativas.

En la vida contemplativa oración y trabajo van a la par. Así, en el horario de cualquier monasterio nos encontramos con el mismo número de horas que se dedican a estos dos quehaceres, siendo aproximadamente de unas seis horas para la oración y otras tantas para el trabajo, distribuyéndose la oración a lo largo de toda la jornada, desde el amanecer hasta la hora de Completas y el trabajo en jornada de mañana y tarde. Se puede decir que el lema benedictino Ora et Labora se vive en todas las órdenes religiosas.

Pero el trabajo en una comunidad monástica no es una carga, sino una respuesta a la consagración, es un medio de equilibrio para conservar la salud de alma y cuerpo y de esta manera cooperamos a la obra del Redentor.

El trabajo es necesario para el desarrollo de la persona, y forma parte de la observancia regular, LCM. Nº 35. El trabajo está subordinado a la contemplación y a todos los elementos que están más directamente dirigidos a ella, como son: liturgia, oración personal, lectura divina, estudio; el recto orden entre los valores y los

P1040671 medios propios de nuestra espiritualidad dominicana. Sin olvidar la ascesis, por el esfuerzo que conlleva, y la pobreza que nos hace solidarias de la suerte de tantos hombres, sobre todo de los pobres. Es un factor importante de equilibrio, contribuye a la propia madurez, ayuda a conseguir el bien común.

Las características de nuestro trabajo son:

– Esta subordinado a la contemplación. –Lo indica Sto. Tomás-.
– Comprende toda actividad, sea manual o intelectual. Ello también es reconocer los dones y ponerlos al servicio del bien común: “nos hace ejercitar las virtudes prácticas” (Sto. Tomás).
– Mantiene la salud del alma y del cuerpo y esto favorece el equilibrio.
– Debe permitir que la Palabra de Dios habite abundantemente en el Monasterio.

Por el trabajo nos realizamos mediante el don de nosotras mismas, por el bien común que se persigue. Por ello se subraya la disponibilidad y el desprendimiento en las distintas tareas del monasterio. En la base del servicio está la humildad, ya que el trabajo está en función de todas y cada una.
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Aplicación inteligente y voluntaria a la propia tarea, con actitud siempre de servicio. En las primeras hermanas el trabajo era algo sagrado, y como una continuación de la oración litúrgica en el Coro.

En el trabajo se cultivan los dones naturales y nos ayudan a ir más allá de lo que somos cada una en particular. El descubrir que lo que se ha recibido es un don, ayuda a ponerlo al servicio de la comunidad como un bien de todas.

El trabajo está asociado a la acción creadora de Dios, nuestras manos colaboran por tanto con el Creador, y con el esfuerzo y sufrimiento que requiere, se asocia a su obra redentora. Esto nos llena de gozo, ya que nuestro trabajo redunda en la construcción de la propia comunidad, a la medida del hombre perfecto. Nos hace sentirnos plenos. La Virgen maría es la síntesis perfecta de la vida cristiana: contemplación y acción. Ella fue solícita hacia las necesidades más normales del vivir cotidiano.

El trabajo con relación a los votos, también nos marcan el camino y nos ayudan a su cumplimiento. A través del trabajo expresamos nuestro compromiso de vivir en obediencia. El trabajo favorece también el equilibrio de nuestra vida. Y además el trabajo es exigido por la pobreza religiosa, habiendo elegido libremente el ser pobres, el trabajo nos libera de los afanes de este mundo.

Hay jornadas agotadoras dentro de un convento, pero siempre llegan las siete de la tarde y allí todo queda parado para la mañana siguiente y es Dios el que ocupa nuestra mente y nuestro corazón. Ya no hay agobios, solo el canto de Vísperas, el rezo del Rosario y la Oración personal. El trabajo nos ha ayudado a lo largo del día para preparar este momento privilegiado de encuentro con el Señor. Así, nuestro trabajo es un trabajo humanizante, redentor, solidario. Nosotros no tenemos una familia en la que gastar los ratos de ocio que deja el trabajo, nuestra familia es mucho más extensa y por lo tanto entra en nuestra relación con Dios. Nuestro trabajo y oración van unidos inseparablemente y forman un todo.