Consejos Evangelicos

 

“Hago profesión y prometo obediencia a Dios, y a la bienaventurada Virgen María, y al Bienaventurado Domingo, nuestro Padre, y al Maestro de la Orden de Frailes Predicadores, y a ti, Priora de este Monasterio, y a tus sucesoras, según la regla del Bienaventurado Agustín y las Leyes de las Monjas de la Orden de Predicadores, que seré obediente a ti y a tus sucesoras hasta la muerte”.

Obediencia

“Entre los consejos evangélicos sobresale el voto de obediencia, mediante el cual la persona misma se consagra totalmente a Dios; sus actos están más cerca del fin de la misma profesión, que es la perfección de la caridad; por ella las monjas cooperan a la obra de la Redención de una manera específica, a ejemplo de la Esclava del Señor, que,«obedeciendo, fue causa de salvación no solo para sí, sino para  todo el género humano»”. (Constituciones, Art. 2, nº 19).

Otra de las formas de promesa primitiva en la vida dominicana es la obediencia.

La obediencia nos asemeja a Cristo sometido siempre a la voluntad del Padre. Nuestra obediencia por tanto, entronca con la obediencia de Jesús a su Padre.

Nuestras Constituciones apuntan como necesidad vital,al principio de unidad que se obtiene por la obediencia. (Constituciones. Art. 2.- 17-I). Por tanto, una de las formas básicas y fundamentales de nuestra unidad, está constituida en la obediencia.

El estilo de obediencia de Jesús al Padre, nos estimula en la búsqueda constante del deseo de Dios sobre nosotros.

La obediencia dominicana se vive en un marco de sana libertad, donde el diálogo con nuestros superiores siempre se realiza en el encuentro fraterno. Esta sana libertad nos hace ser persona maduras y “responsables para cumplir activa y responsablemente aquello que se nos encomienda” (Constituciones. Art. 2.- 20- I)

Castidad

“Ejercitando la castidad, conseguimos gra­dualmente y con mayor eficacia la purificación del corazón, la libertad de espíritu y el fervor de la caridad, un mayor dominio del alma y del cuerpo y un más pleno desarrollo de toda la persona, con lo cual podemos dedicarnos a Dios con mayor for­taleza, serenidad y eficacia”. (Constituciones, Art. 3, II)

La castidad es un valor de semejanza con el Hijo de Dios. Prometemos castidad “por el reino de los cielos” siguiendo las huellas de santo Domingo (Constituciones. Art.3.- 23) La castidad nos posibilita para la amistad con Cristo y la cercanía a todos los hombres nuestros hermanos, puesto que el corazón no queda fraccionado para ser compartido sino es con Jesucristo y desde El compartimos la existencia de todos los hombres: los gozos y las alegrías, las tristezas y las penas de toda la humanidad, tienen cabida en el corazón de quienes consagran a Dios su propio corazón.

Pobreza

“Este espíritu de pobreza nos apremia a poner nuestro tesoro en la justicia del  reino  de Dios, con plena confianza en el Señor. La pobreza es libertad de la servidumbre; más aún, nos aparta de la preocupación por las cosas de  este mundo, para que nos unamos de una manera más plena al Señor y nos dediquemos a El más expeditamente. Mientras que, respecto a nosotras mismas nos exige una moderación que nos pone en más íntimo con­ tacto con los pobres que han de ser evangelizados, con respecto a los hermanos y demás prójimos es también liberalidad, ya que, por el reino de Dios, empleamos con gusto nuestros recursos para  que en todas las cosas utilizadas por la necesidad tran­sitoria se destaque la caridad, que permanece siempre»”. ( Constituciones, Art. 4,  II).

Santo Domingo exhortaba a las monjas a la pobreza voluntaria. Este mismo espíritu debe animarnos hoy a nosotras, manifestado en formas acomodadas a los diversos tiempos y lugares.

Por nuestra profesión prometemos a Dios, no poseer nada con derecho de propiedad personal, todo está subordinado al bien común del Monasterio, de la Orden y de la Iglesia según la disposición de los superiores.

Como la pobreza impone a los hombres la necesidad de trabajar, la realidad del trabajo es algo también fundamental en nuestra vida, donde el testimonio colectivo de nuestro trabajo es otra de nuestras formas comunes de testimonio.