Adviento, tiempo de espera y esperanza…

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Comenzamos otro ciclo importante en la Liturgia, el Adviento. Cuatro semanas de preparación para la solemnidad de la Navidad, en la cual se conmemora la primera “venida” del Hijo de Dios y se nos prepara para tomar conciencia de nuestra condición de peregrinos, que unidos a Cristo, que ha venido a rescatarnos de nuestros pecados y de nuestra vieja vida, nos hace partícipes de su triunfo sobre la muerte y de una vida nueva. Preparaos para gozar de esta alegre esperanza con actitud de fe y de vigilancia. En estos domingos se va a insistir en que despertemos la capacidad de escucha, por la importancia de la Palabra de Dios, que nos habla al corazón y se mantiene cercano y presente en nuestra vida. La Palabra de Dios nos hará ver que quien nos salva y nos libera del mal es el Señor, que es Dios el que pasa por nuestras casas y por nuestras cosas.

Adviento es también tiempo de conversión, de sentir la necesidad de estar cerca de Él, de pedir perdón de nuestros pecados, que nos alejan, y de ser perdonados. El orgullo, que empaña nuestro ser, nos impedirá ver con claridad que somos frágiles y débiles, que pedir perdón no es humillante y que necesitamos abrir bien los ojos para sentir cómo el Padre del hijo pródigo, no se cansa de esperar para darnos el abrazo de la paz y ofrecernos el banquete de la fiesta. Lo bueno es que es un Padre maravilloso y, ya veis, nos brinda otro año con nuevas vías para la esperanza. Nuestro Dios “de las espadas forjará arados; de las lanzas, podaderas”, se dice en la primera lectura. Pero atended también las palabras de San Pablo que pide que nos espabilemos, porque nuestra salvación está cerca, por esa razón se nos exige andar “como en pleno día, con dignidad”, atentos a la salvación, vestidos de Jesucristo, lejos de las obras de la noche y de la oscuridad. Lo que se nos pide es ser honrados, honestos, limpios, como el que camina en la luz, porque seguimos los pasos de Jesucristo. Así que estad en vela.

En Adviento, se nos ofrecerán muchos modelos a imitar, pero en estas cuatro semanas se destaca el modelo del profeta Isaías, el modelo de Juan el Bautista, que predica hasta en el desierto y nos anuncia la preparación y actitudes personales necesarias para recibir al Mesías. Pero de forma especial no podemos pasar por alto el papel de la Virgen María, con su sí generoso y con su persona entregada al plan salvador de Dios; la esclava del Señor, que no se echó atrás y aceptó la Palabra de Dios en su seno. Cuando Cristo apareció entre los brazos de María acababa de levantar la esperanza del mundo. La Santísima Virgen María es nuestro modelo de fe, de confianza en Dios, de total y espléndida colaboración con el Altísimo. María es nuestro icono, la mejor imagen de la Iglesia, que mira siempre a Dios para hacer su voluntad. Ella es fidelidad, es esperanza nuestra, la gran creyente que se ha abandonado en las manos de Dios. Dice el Papa, Benedicto XVI, que “Ella es la Inmaculada que acoge incondicionalmente el don de Dios y, de esa manera, se asocia a la obra de la salvación. María de Nazaret, Icono de la Iglesia naciente, es el modelo de cómo cada uno de nosotros está llamado a recibir el don que Jesús hace de sí mismo en la Eucaristía”(S.C,33).

Pongamos mucha atención en estas cuatro semanas de preparación para la Navidad, especialmente los cristianos, para poder vivirlas con autenticidad y con la intención que tiene la Iglesia, porque son muchas las seducciones de ocultar el Nacimiento de Dios. Son días especiales, para rezar juntos, bendecir la mesa, hacer oraciones de la mañana o de la noche, es el tiempo de la familia unida en la fe. Cultivad todos los recursos para compartir, en familia, el gozo y la alegría.