27 de mayo, Jornada Pro Orantibus: “Solo quiero que le miréis a Él”

BUSCANDO EL ROSTRO DE DIOS

Desde que el papa san Juan Pablo II en su exhortación Vita Consecrata, en 1996, propuso a todos los consagrados «contemplar el rostro radiante de Cristo» (VC, n. 14) con el fin de reconocer los rasgos esenciales de la vida consagrada, el Magisterio pontificio ha desarrollado una teología espiritual centrada en la búsqueda del rostro de Dios.

El documento Caminar desde Cristo (2002), después de afirmar que «las personas consagradas, contemplando el rostro crucificado y glorioso de Cristo y testimoniando su amor en el mundo, acogen con gozo, al inicio del tercer milenio el camino que la vida consagrada debe emprender» (CdC, n. 1), se preguntaba y respondía: «¿dónde contemplar concretamente el rostro de Cristo? Hay una multiplicidad de presencias que es preciso descubrir de manera siempre nueva» (CdC, n. 23). Años después, El servicio de la autoridad y la obediencia (2008) presentó la vida consagrada como testimonio de la búsqueda de Dios, e iluminó el ejercicio de la autoridad y la vivencia de la obediencia a partir del Salmo 26: «Tu rostro buscaré, Señor» (SAO, n. 1). «La búsqueda del rostro de Dios» (VDQ, n. 1) vuelve a ser el punto de partida de la constitución apostólica Vultum Dei Quaerere (2016) sobre la vida contemplativa femenina. Se afirma que las personas consagradas «son llamadas a descubrir los signos de la presencia de Dios en la vida cotidiana (…) en un mundo que ignora su presencia» (VDQ, n. 2).

Y para superar los actuales desafíos de la vida consagrada la Congregación vaticana para la vida consagrada (CIVCSVA) ofrece en A vino nuevo en odres nuevos (2017) orientaciones concretas que parten de «la novedad del estilo con que Jesús revela al mundo el rostro misericordioso del Padre» (VNON, n. 1).

La búsqueda de Dios pertenece a la historia del hombre. La búsqueda de lo divino, incluso muchas veces de modo inconsciente (cf. SAO, n. 1), forma parte del aspecto religioso del ser humano. «Tu rostro buscaré» (Sal 26, 8) cantaba el salmista del Antiguo Testamento.

Y Jesucristo provocaba esta búsqueda entre sus seguidores: ¿qué buscáis? (Jn 1, 38). «Nadie podrá quitar nunca del corazón de la persona humana la búsqueda de Aquel de quien la Biblia dice “Él lo es todo” (Si 43, 27) como tampoco la de los caminos para alcanzarlo» (SAO, n. 1).

La búsqueda de Dios no es pura curiosidad, ni simple ansia de saber o capricho humano. El hombre busca agradar a Dios pues reconoce que la divina voluntad es «una voluntad amiga, benévola, que quiere nuestra realización, que desea sobre todo la libre respuesta de amor al amor suyo, para convertirnos en instrumentos del amor divino» (SAO, n. 4).

La inspiración originaria de la vida consagrada «está en la búsqueda de la conformación cada vez más plena con el Señor» (VC, n. 37). En efecto, el consagrado, con su vida y misión, es signo profético que testimonia al mundo los rasgos esenciales de la persona, plenamente humana y divina, de Cristo. «La persona consagrada es testimonio de compromiso gozoso, al tiempo que laborioso, de la búsqueda asidua de la voluntad divina» (SAO, n. 1) y de los medios para conocerla y para vivirla con perseverancia.

Más aún, «para cada consagrado y consagrada el gran desafío consiste en la capacidad de seguir buscando a Dios con los ojos de la fe en un mundo que ignora su presencia» (VDQ, n. 2). El apartarse del mundo les permite descubrir con mejor perspectiva la presencia de Dios en el corazón del mundo y, al mismo tiempo, sus comunidades son luz en el candelero y ciudad en lo alto de la montaña (cf. Mt 5, 14-15) que indica el camino que debiera recorrer la humanidad.

De modo especial, la vida contemplativa es la forma de consagración privilegiada por la que tantos hombres y mujeres, dejando la vida según el mundo, buscan a Dios y se dedican a Él, no anteponiendo nada al amor de Cristo (cf. VC, n. 6). «Los monasterios han sido y siguen siendo, en el corazón de la Iglesia y del mundo, un signo elocuente de comunión, un lugar acogedor para quienes buscan a Dios y las cosas del espíritu» (VC, n. 6).

La dinámica propia de la vida contemplativa, que armoniza la vida interior y el trabajo, junto con la obediencia, la estabilidad, la celebración de la liturgia y la meditación de la Palabra se convierte en una verdadera «peregrinación en busca del Dios verdadero» y en un «camino de configuración a Cristo Señor» (VDQ, n. 1), cuya fuente es la contemplación del rostro de trasfigurado por la Pasión, muerte y Resurrección del Hijo de Dios.